martes, 27 de febrero de 2018

Sonambulo



-Quién fuera aquel hombre para aferrarse tanto a la miseria… -dijo el detective, recibiendo su cerveza en la barra.

-Mis clientes se le quedaban mirando, Detective. Era un sujeto peculiar.

-Entrevisté a algunos de ellos. Me dijeron que vivía solo y que siempre venia por un trago a la misma hora.

-Ya casi de madrugada. Llegaba en pijama y descalzo. Su andar era torpe, como de sonámbulo.

-¿Y bebía mucho?, ¿qué ordenaba?

-No hablaba. Se quedaba sentado hasta que yo le alcanzaba una cerveza. A veces sólo le daba un trago y la dejaba encima.

-Supongo que se iba sin pagar…

-No sabría considerar eso, Detective. Antes de que me diera cuenta, ya se había ido, dejándome un billete de alta denominación debajo de la botella casi llena. Lo que me pareció curioso es que cuando hacía el corte final, nunca me sobraba dinero, y sólo yo manejo la caja.

-Podemos incluir una posible cleptomanía, bastante sigilosa, para volver más interesante el caso.

-Aunque fuera cierto, seguiría siendo irrelevante si lo comparamos con el otro asunto.

El cantinero fingió limpiar la barra para acercarse más a su interlocutor. El Detective alzó una ceja, extrañado.

-Cada día olía peor, Detective.

-Explíquese, buen hombre. En un negocio como el suyo es normal apestar.

-Todos reconocemos el hedor de quien no se baña tan seguido, pero es tolerable. Este caso era diferente. Este hombre tenía un secreto del que sólo teníamos la mitad de certeza y la mitad de especulaciones.

-Cuénteme todo lo que sepa, sigue siendo información.

-Una cliente me dijo que lo había visto volver a casa. Que caminaba rígido, silencioso. Que ella se quedó al umbral de su propia casa, oculta, observando de lejos. Que después de que el hombre hubiera cerrado la puerta, creando un eco en la oscuridad de las cuatro de la mañana, se suscitó por segundos el silencio más pacífico; pero que inundó la proximidad un alarido aterrador, un sonido inhumano, un gemido de animal, entre de asno y de toro.

-Déjeme ir tomando nota. Es apremiante indagar mucho más.

-Hoy tuve mi momento de ponerme nervioso, porque cuando él llegó, la gente empezó a retirarse. Aquel hombre tenía una presencia tan inquietante… y mi tarea era quedarme para seguir atendiéndolo. Por fortuna, algunos de los clientes asiduos comprendieron mi situación y se acercaron a la barra para charlar.





-De acuerdo. ¿Y eso mejoró en algo las cosas? –el Detective dio un trago a la cerveza, con la ágil diestra aún sobre la libreta.

-No sabría decirlo. Cuando la barra estuvo llena de mis acompañantes, uno de ellos en el extremo me tendió la mano, como para saludarme. Yo correspondí, y él me acercó a la fuerza para susurrarme: “Ese sujeto huele a cadáver. Hemos llamado a la policía para que lo investiguen de una vez. Puede ser un asesino. No te preocupes, lo hemos manejado”. Cuando ustedes llegaron, sometieron al hombre, que sorpresivamente no impuso resistencia, y se lo llevaron. Y aquí estamos nosotros, desgajando el caso.

El teléfono del bar sonó. Al responder, el cantinero lo cedió. “Es para usted, Detective”.

El Departamento de Policía. Se hizo reporte de las actividades que hubo a lo largo del día. Eran las siete y media de la tarde. El informe de los médicos indicaba que el individuo llevaba por lo menos cinco días muerto.

El Detective convocó una labor de investigación en casa del “difunto”, en calidad de apremiante. Pagó su bebida y se despidió cordialmente del cantinero.

El grupo, bien equipado, derribó la puerta de la casa, en busca de algún rehén o actividad sospechosa. Y hubo un hallazgo… en la habitación de él. El recinto era nauseabundo; olía a suciedad genital, sangre y alimentos podridos. Había en las paredes recortes de revistas para caballeros, acompañadas por fotografías del hombre, como simulación de que socializaba con las modelos.

En la pared del fondo, estaba la evidencia más llamativa: un collage monstruoso que abarcaba toda el área, con imágenes de rostros de mujeres. Algunas eran modelos, otras eran jóvenes de la misma ciudad. Y en el centro del enfermizo trabajo, un símbolo abismal trazado con sangre.

En ese cuarto había ocurrido una invocación. El grupo retrocedió, amedrentado por las consecuencias de su intrusión. “¡Maldición, retirada, equipo!” gritó el líder, cuando empezó a suceder.

Ya eran las ocho quince, y anochecía. En la penumbra se empezó a dibujar una silueta femenina, que agachaba la cabeza. Sus formas salían como derramadas por el símbolo en la pared.

La puerta se cerró de golpe, con cinco policías y el Detective adentro. La maligna presencia, consolidada en la ausencia de luz, profirió un alarido aterrador, que se escuchó por todo el vecindario, sin ser reconocido como tal.

El cantinero se preguntaría el resto de su vida por la solución del caso, del que nadie volvió a hablar. Sólo tuvo recuerdos de aquel hombre que llegaba a beber por la madrugada, como sonámbulo, como títere de un pesar que ni en sueños, ni muerto, lo dejaba en paz.




Por: Vic C. Frias




¡Muchas Gracias por haber llegado al Final de este Relato!

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domingo, 25 de febrero de 2018

La Máquina de Escribir



El golpeteo leve de las teclas despertó al escritor. Provenía del estudio… la vieja máquina de escribir recibía el esfuerzo de unas manos desconocidas a las tres y media de la mañana.

Decidió levantarse cuando el texto empezó a extenderse con una velocidad cada vez mayor. Las teclas incansables saturaron el silencio, cacofónicas. Escuchó con atención… en su inestable consciencia se percató de que la cantidad de letras plasmadas rebasaba ya la capacidad de la hoja. Era posible que el rodillo estuviera siendo impactado por los moldes.

Recordó haber dejado la hoja en la máquina, por si la inspiración acudía de improviso, para estar preparado. La obviedad de una intrusión le heló el interior en un espasmo. Un olor a amarga tinta viajaba entre las sombras.

Se desplazó con cautela, sintiéndose extraño. Los jugos gástricos le ascendieron por el esófago, e hizo un esfuerzo por retenerlos. Creció la tensión sanguínea en sus sienes, y le costó mantener los brazos en los costados. Sus pies se volvieron ligeros.

El sonido repetitivo se detuvo, y en la oscuridad se encontró con la silueta de un hombre despeinado, que temblaba de manera enfermiza, con las manos en alto. Parecía como si le aterrara ser atrapado en plena acción, pero no se trataba de eso.

En su estado de alerta, el escritor alzó los puños, ingrávidos. Quiso acercarse arrastrando sutilmente los pies, pero antes de que pudiera controlar la situación, una brutal fuerza se llevó al intruso hacia abajo; como si el suelo se lo tragara.

Así, la quietud de costumbre volvió; sin embargo, él necesitaba saber qué había ocurrido con el sujeto, y qué había escrito en la hoja, agotando la tinta de la cinta. Era apremiante conocer el mensaje que había dejado y la intención que lo había colocado en el estudio a esa hora, en convulsa redacción.
Cuando liberó la hoja de la máquina, incluso sintió el calor de los golpes constantes, la fuerza del mensaje permaneciendo y aferrándose al papel.






“Irónico. Cuando decido no embriagarme, sucede esto” pensó, al ver caracteres ininteligibles. Con la linterna de su celular iluminó el escrito. Estaban las letras invertidas, de cabeza. Giró la hoja, sintiéndose estúpido.

Las impresiones del papel conservaron su estado. Intentó de nuevo voltear la hoja. Y después de siete intentos, el escritor no consiguió ver las letras al derecho. Intentó descifrar el mensaje.

Era una plana del enunciado “¡No mires hacia arriba!”. Y al final de la página, estaba sumamente recalcada, casi destruyendo las fibras blancas con el impacto de tinta.

“De acuerdo. Normalmente camino cabizbajo, así que no hay problema, si acaso debo hacerle caso al hombre aquél” dedujo el escritor.

Y su alma lamentaría haber tenido un entendimiento tan vago de esa advertencia. Al agachar la cabeza, vio la textura del techo, la bombilla eléctrica apagada pendiendo del cable, levitando entre sus piernas; las fisuras de las goteras, y los dedos largos y puntiagudos de la criatura que emergió para sujetarlo por los tobillos, mirándolo a través de las dos hendiduras blancas, la única forma visible de su rostro ovalado y poblado de negros humos de olor particular.

“Con razón me sentía extraño…”, “Ahora entiendo los brazos alzados del sujeto, estaba indefenso…”, “Arriba… es el techo” y dejó de tener más pensamientos; la inspiración suculenta de su mente se sumergió en el techo, y fue llevada a los confines que aguardaban después de la aniquilación… de ser engullida por la criatura de tinta.

En un tiempo remoto, un autor habló a través de sus escritos de tantos males que provenían del abismo, y la nitidez de sus detalles logró materializarlos. El refugio de la abominación es su máquina de escribir, de una antigüedad insondable.




Por: Vic C. Frias




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¡Hasta muy Pronto!



viernes, 23 de febrero de 2018

Actriz infantil




-¿Crees que le pregunte?

-¡Tiene qué hacerlo, es el anfitrión más irreverente de la televisión!

Jim y Jason habían recorrido todos los canales con el control remoto, hasta que se encontraron con la entrevista más prometedora: Anna Gabrielle Harris había sido invitada por Kurt Jenkins al programa “Las noches con Kurt”.

La peculiaridad de la transmisión actual, que estaba siendo atestiguada por una audiencia triplicada, era que Anna Gabrielle Harris era la actriz infantil más famosa y mejor pagada de todos los tiempos. Si… de todos los tiempos.

-Esta entrevista es definitiva… -dijo Jim, mordiéndose las uñas.

-Estoy seguro de que la va a exponer. Anna Gabrielle Harris lleva más de 80 años siendo una niña…

-Todo mundo lo sabe pero nadie lo menciona… carajo, ¿no es raro eso?

-Aguarda, ya la está abordando…

El programa, después de mostrar una breve sección publicitaria, se concentró en el anfitrión, quien presentó a la actriz con la misma calidez que con todas las demás celebridades que lo habían visitado.
Kurt le preguntó cómo se sentía con el Éxito que había alcanzado, y qué tipo de proyectos perseguía a corto plazo. La niña mostró una lucidez y una cultura impresionantes, una dicción impecable, con voz dulcísona.

-Espléndida trayectoria la que tienes, querida Anna –la elogió el presentador.

-Gracias, Kurt, con empeño y talento lo he logrado –se encogió de hombros la infante, mostrando una blanca sonrisa que le cerraba los encantadores ojos.





-De hecho, consideramos que iniciaste ya en la cima, con tu brillante interpretación en “La inocencia de Venus” -la mirada de Kurt se volvió cautelosa, intencionada.

Los jóvenes televidentes comprendieron lo que estaba pasando. El anfitrión estaba siendo sutil. “La inocencia de Venus” fue una de las primeras películas de las que se tenía registro, creada apenas unas tres décadas después de que los hermanos Lumière patentaran el cinematógrafo.

La joven Harris respondió a la pregunta, como si se tratara de un trabajo reciente, sin alterarse. Se le hicieron otras dos preguntas: “¿Opinas que es mejor el cine actual que el cine mudo?”, “¿Cuál es tu secreto para haber rodado más de 300 películas sin siquiera haber rebasado los 11 años?”.

La última fue una pregunta brutal, que dejó al público boquiabierto. Todos sabían que no había respuesta lógica.

-Quiero ver si esta vez contesta. Todo puede pasar ahora… -dijo Jason, sin apartar la atención.

La invitada no respondía. La expectativa se hacía más densa. Se presenció el silencio más aterrador de toda la historia de la televisión. Sólo se escuchó que alguien tosía, para aliviar esa tensión insoportable.

-¡Jason, sus ojos! –Jim señaló la pantalla.

Los iris de Anna Gabrielle Harris se habían vuelto de un rojo intenso. Las venas destacaban en su mirada, engrosándose hasta dar un efecto sanguinolento. Las cámaras del programa, todas enfocadas en el fenómeno, se olvidaron por unos momentos de grabar todo el panorama.

Se escuchó un golpe en el escritorio del presentador.

“¡Un médico, por favor, algo le está pasando!” dijo finalmente la niña, que se había levantado para examinar el pálido y demacrado cuerpo de Kurt. Estaba muerto.




Por: Vic C. Frias



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martes, 20 de febrero de 2018

Los Muebles Olvidados



Cada vez que un inquilino se iba, dejaba un mueble propio en el Departamento 304, sin percatarse de ello, como si hubiera sido invisible durante la mudanza. El recinto llegó, como era inevitable, a quedar repleto de ellos… de historias, aromas, pensamientos y conflictos.

Aquel último hombre no tuvo inconveniente en encontrarlo así, pues sólo llegaba con una mochila al hombro, sin algo más que perder. Era el individuo desdichado que vivía al día, cara a cara con la miseria, y que en su afán de salir adelante, se había alcanzado por fin un techo.

Hizo un recorrido, cargando en los tobillos la ansiedad constante de su vida incierta. Sus manos desprendieron el polvo que opacaba las superficies de madera.

Al abrir las cortinas y asomarse, no pudo evitar sentirse abrumado por la vista exterior, por la multitud que circulaba allá abajo, la misma que le señalaba como un perdedor, como un espécimen sin futuro al que sólo le restaba morir. Suspiró con dificultad, tosiendo y oscureciendo de nuevo el sitio.

Dejó sus pertenencias sobre la cama, obligándose a sí mismo a ser agradecido con el calor nocturno del que gozaría, tras haberse refugiado en tantos depósitos de lámina que no lo aislaban por completo de las inclemencias del mundo.

El lecho despidió el primer olor, como un vaho que sabía tanto a excitación como a melancolía. Él lo aspiró y sintió más que las texturas de las sábanas; percibió esa agitación del pasado… ahí había ocurrido un encuentro pasional. Pudo haber jurado que la cama se estremecía en su tránsito por aquella memoria fugaz. Y estuvo seguro de que había un hombre joven sentado en la butaca que enfrentaba la escena.

Esos pensamientos… tan nítidos y destructivos, los del hombre en la butaca; disfrutaba su propia soledad, acentuándola en la perspectiva del éxtasis ajeno. Y durante el orgasmo de ella, lejano, oprimía un botón para aniquilarse a si mismo en una descarga eléctrica.

La escena terminaba ahí, y un silencio inquietante quedaba como rastro, como si las sombras apenas se disiparan, rezagadas.

Alguien tocó a la puerta. Se acomodó el largo cabello y se cepilló con las uñas el bigote y la barba. Se aclaró la garganta y atendió. Había una mujer de unos treinta y tres años del otro lado, llevando un cesto con fruta y bocadillos entre brazos.

Él estuvo a punto de agradecer la gentileza de una persona que, vecina o no, le llevaba algo de alimento; pero los ojos de ella se abrieron, alarmados.

-¿Se encuentra… Rogelio? –preguntó la visitante.

-Yo vivo aquí ahora, señorita. ¿Le gustaría pasar?, no he platicado con nadie en mucho tiempo.

Él abrió completamente la puerta, y extendió un brazo para invitarla. La mujer dejó el pesado cesto en el piso, y se marchó con una rapidez despavorida. Las frutas se dispersaron en el umbral.

Se encogió de hombros y recogió todo para llevárselo a la cama. Una tarde solitaria más. Ya era costumbre; pero esta vez tendría el estómago lleno.

Cuando se recostó, masticando los costados de una manzana consumida, notó el golpeteo en el espejo, sobre el tocador. Se escuchaba como si alguien lo tocara repetidas veces con la uña, por el reverso del reflejo. Y cuando le puso suficiente atención, surgió otra visión; se nubló el entorno, como en un sueño. El resto de los muebles se habían borrado. Sólo estaban la butaca, la cama y el tocador esa vez.

Un hombre pedía ayuda; quería salir del reflejo. También se podían leer sus pensamientos. Maldecía a un ancestral demonio que lo atacó, enmascarado como un niño pequeño de ojos claros. Cuando la visión terminó, el espejo lucia inerte… ausente.

Se quedó quieto, por si algo más sucedía. Irónicamente, no se sentía acechado ni acompañado. Estaba solo.





Mientras se desabrochaba las agujetas de los zapatos, escuchó que algo rascaba la madera de la puerta, y acudió enseguida. Con todo el sigilo de que fue capaz, se acercó y puso la oreja contra ella. Confirmó que algo se deslizaba sobre la superficie de la entrada. Al final un golpecito agudo. Al asomarse en la mirilla vio sólo el pasillo, y sintió que algo se atoraba bajo su zapato.

Abrió, y encontró a una joven tratando de meter un papel recién escrito por el espacio entre la puerta y el piso. Ella estaba en cuclillas y por la impresión al verlo se echó para atrás. El bolígrafo se le escapó de la zurda.

-¿La puedo ayudar en algo? –la abordó con amabilidad, ofreciéndole la mano para incorporarse.

-Estoy buscando a Lorraine, vive en el 304 –dijo ella, sin aceptar su ayuda.

-Yo vivo aquí ahora. ¿Le gustaría pasar?, no sabe cuánto me encantaría charlar.

-Pero si apenas ayer vine… -ella sacó su teléfono y empezó a marcar.

-Aunque no pase, podemos sentarnos en el pasillo y conversar, tengo fruta y bocadillos –propuso humildemente el hombre.

-¡Vamos, Lorraine, responde! –la joven se inquietó. Su amiga siempre respondía las llamadas. “El número que usted marcó no existe” dijo una voz en el auricular.

 
Se fue angustiada, sin siquiera mirarlo. Quedaron el bolígrafo y la hoja de papel como vestigios de su visita.

El hombre cerró la puerta con la molestia de que las visitas que había tenido no eran para él; que era irrelevante para el mundo, y en dos ocasiones ya se lo habían reiterado. Llegó a preguntarse si le sucedería como a todos aquellos muebles que encontró a su llegada. Los inquilinos los habían dejado ahí porque no representaban nada para ellos.

Tal vez ese era su lugar, el Departamento 304, el recinto de los muebles olvidados, el basurero de memorias.

No. Si iba a pudrirse entre esas paredes, debía dejar huella de que había existido.

Se le ocurrió escribir una nota con lo que había dejado la joven. Una nota definitiva que demostrara lo que él era… que era capaz de hacer una diferencia en los demás.

“Vine a buscarte amiga. Te Amo. Letizia” decía el frente del papel. Lo volteó y se propuso escribir su identidad, para insistir en que su vida era importante.

Nada. Su nombre, su edad, su familia… buscó sus documentos en la mochila. Al ver sus fotos no se reconocía. Recuerdos… nada suyo. Todo lo que había tocado en ese Departamento constituía la memoria que portaba en el momento.

Se restregó la cara, enrojeciéndola con los dedos. Llevaba tanto tiempo en las calles y en refugios temporales que su sensación de identidad se desintegró y desapareció. Había llegado vacío al Departamento 304. Las vidas ajenas llegaron a ocuparlo.

Le invadió la desesperación iracunda, el coraje desbordado, los dientes le rechinaron y su respiración eran sólo bufidos. Se arrancó varios cabellos y un hilo de saliva le escapó de una comisura. Tomó el papel con el reverso vacío y lo arrugó en un arranque demencial, para arrojarlo contra el piso.

Iba en ese acto un deseo mortal, una avidez de ser consumido, un arraigado deseo de dejar de ser.

El vórtice se abrió en el impacto, absorbiendo el bolígrafo, las frutas del cesto, la cama, la butaca, el tocador, las cortinas, el resto de los muebles, y al hombre mismo.

Quedó en el lugar un papel arrugado, al centro de todo. Lo demás estaba impecable, las paredes con su blancura de origen, el piso reluciente.









Por: Victor C. Frias


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domingo, 12 de noviembre de 2017

Wendy ha desaparecido



WENDY HA DESAPARECIDO


-Mi niña, mi Wendy… ¿porqué se la han llevado?, justo cuando la arrullaba en mi regazo… –sollozaba doña Amparo, a la luz de los cirios. Apenas ocurrió el incidente, puso un modesto altar en la sala, para pedir por la vida de su adorada nieta.

Una fotografía de la pequeña, enmarcada en un portarretratos de acrílico, yacía entre las luces oscilantes, rodeada de cromos religiosos. La imagen parecía gesticular ante la mínima corriente de aire que agitara las flamas. El ambiente de la casa se había vuelto gélido y siniestro.

-¿…y luego amá?, ni cómo hacerle, se desapareció aquí mismo –repuso Policarpo, el mayor de sus hijos. Por más que hubiera querido disimularlo, le tembló la voz; le acarició la espalda a la anciana en señal de apoyo. Estaba aterrorizado; su vida había transcurrido en ese pequeño pueblo, donde las supersticiones y creencias pseudoempíricas habían tenido siempre igual validez que la religión.

Rosario y Ofelia, hermanas de Policarpo, preparaban chocolate caliente para todos. Por respeto al creciente luto de la madre, mantuvieron las luces apagadas, en ese atardecer que se había consolidado más temprano de lo normal, y que había dejado el pueblo tan callado y desolado como en una noche de Lunes.

-No se acongoje tanto, madre, y déjese ya los brazos que se le van a infectar –le sugirió Silvio, el penúltimo de sus hijos. Éste le observaba los antebrazos, que tenían impresas las rojizas líneas que la niña dejó trazadas con las uñas, en su esfuerzo por permanecer con la abuelita.

Mientras deslizaba las yemas de sus dedos sobre la piel arañada, doña Amparo recordaba la escena: Wendy se dejaba invadir por un sueño plácido de media tarde, con la cabeza recargada sobre sus piernas, en un sofá de la sala. La abuelita peinaba los cabellos infantiles, castaños y ondulados, cuando los ojos de la niña le comunicaron una reacción sorpresiva. “Abuelita, me acaban de agarrar de los tobillos” dijo Wendy, con la mirada dilatada. La mujer sólo la abrazó nerviosa, asegurándole que todo estaría bien.

La angustia de la niña se acentuó cuando, después de haberse desplazado sutilmente dos espacios en el mueble, sintió el jalón invisible más súbito y agresivo. Se sujetaron la una a la otra, bufando del esfuerzo. Doña Amparo se tuvo que levantar para asirse a los bracitos, para no dejarla ir.

“¡Me llevan, abuelita, no me sueltes por favor!” imploró Wendy, temblorosa y descontrolada, levitando, ascendiendo cada vez más, y con dirección hacia la habitación principal, en la otra orilla de la sala. A simple vista, no había nada, sólo los pies de la niña atraídos por un magnetismo sobrenatural.

“¡Aquí te quedarás conmigo, mija, agárrate bien!” gritó la anciana, sonrojada. La pequeña, en esa lucha horizontal, empezó a sentir frio en las plantas de los pies, y luego en los tobillos, en las rodillas, y en ese momento volteó la mirada, para notar que sus piernas se habían difuminado en el aire. La mitad inferior de su cuerpo había desaparecido.

La fuerza extraña persistió, y a pesar de todo esfuerzo, Wendy se esfumó en el umbral del recinto de la mujer, quien se habría estampado contra la puerta de no haberse rendido.   

-¡Ya llegó Ovidio con el Sacerdote! –interrumpió Silvio la tormentosa memoria de la señora, apartándose para abrir la puerta al hermano menor, que venía acompañado por el más eminente sacerdote del pueblo.

El padre Xavier, además de ejercer sus estudios en Teología para la comunidad, se encargaba de los casos extraordinarios que requirieran su especialidad en Demonología. En cuanto restregó las suelas de sus zapatos en el exterior de la casa para entrar con limpieza, se percató de una problemática inminente, de un secreto que mortificaba ese hogar con las sombras del mismo infierno.

Como saludo, hizo la señal de la cruz para todos. Se acercó con delicadeza a besar la mano de doña Amparo, que se quejó del ardor de los brazos. Rosario le alcanzó al recién llegado una taza con chocolate caliente, haciendo una reverencia.

-Hace frío aquí dentro, doña Amparo, demasiado; lo cual es pésima señal –comentó el sacerdote.

-¡Ayúdenos por favor a traer de vuelta a mi Wendy, padre! –suplicó la anfitriona con el rostro humedecido, y cubriéndoselo con las manos para prolongar innecesariamente el llanto.

-Debo empezar con un par de preguntas –sugirió inquieto Xavier, observando las vigas del techo, las puertas de los cuartos, todas diferentes e improvisadas, los muebles deteriorados. El altar dedicado a la desaparecida con devoción enfermiza.

-¡Sufro mucho, padre, lo que sea con tal de tenerla de nuevo en mis brazos! –respondió la pobre mujer.

-De acuerdo. ¿Quiénes son los progenitores de Wendy? –inquirió Xavier, esperando que alguno de los hijos de la señora levantara la mano. En lugar de eso, la anfitriona se asumió responsable de ella.

-Llegó a mi puerta cuando era una bebé, hace siete años. Yo, una mujer ya muy vieja, que con toda ilusión había esperado nietos, y consciente de que ninguno de mis hijos me los iba a dar en vida, le abrí las puertas de mi hogar a esa hermosa criatura –a pesar de la juiciosa respuesta de la anciana, los cinco hijos contuvieron notablemente un contraataque verbal.

-Paso a la siguiente: ¿Wendy está bautizada? –continuó el sacerdote, y los hermanos se miraron entre sí, dubitativos; la señora respondió con un “Si” intrigante y vago.

Xavier notó que la anciana se sujetaba las huesudas rodillas, cubiertas por el camisón a rayas con bordes de encaje. Era evidente la opresión de ese dolor cuya sanación no puede postergarse más. Había que solucionar el problema, y el paso inicial era evacuar la casa. Un mal abominable estaba al acecho.

-Muy bien. Lo primero que les voy a pedir es que salgamos de aquí y se refugien en la casa de alguno de ustedes. Tomen sólo lo indispensable –concluyó el padre, dirigiéndose a Ovidio, que lo había contactado. Y le distrajo la respuesta de la señora.

-Padre, ya todos sabemos que me queda poco tiempo. Nada me hará más feliz que morir aquí. No me importa si mi casa está inhabitable. De aquí nadie me moverá –expresó con solemnidad doña Amparo, arrodillándose para besar los mosaicos erosionados.

Rosario y Ofelia se acercaron a levantarla, con expresión de incomodidad y ofreciendo disculpas al visitante. Para no mirar irrespetuosamente la flacidez lánguida de ese cuerpo hecho un manojo de penas, Xavier desvió los ojos hacia la puerta de la recámara principal.

La sombra de dos pies se proyectó debajo de esa puerta. Sin duda, alguien más los acompañaba. O quizá más gente. De un instante a otro, la sombra era de cuatro pies,  y luego seis, y ocho, hasta poblar de sombra todo el resquicio, y desaparecer. El sacerdote quedó entonces menos convencido de que por cuenta propia solucionaría el caso. Tuvo un mal presentimiento. Distraído, se dispuso a salir.

-Necesito más información. Ya vuelvo –se retiró sin mirar a nadie, y ante ello se empezaron a escuchar los alaridos de desesperación de la anciana.

Caminó a paso presuroso, ignorando los saludos de la gente del pueblo. Había un viento tan veloz y ligero que se escurría por las paredes; le decía algo al oído, tan ininteligible y suspicaz como su consciencia. Estaba seguro; sólo necesitaba confirmarlo. “Esa familia aún no sabe que no volverá a ver a la niña" pensó.





Entró a la Parroquia, y se cercioró de haber cerrado bien, sin seguidores que comprometieran su misión. En una de las paredes laterales, cercanas al altar, abrió la puerta a un almacén oscuro donde guardaba los artículos de limpieza y herramientas para mantenimiento de las instalaciones.

Jaló una cadenita colgante para encender una bombilla de cristal oscurecido, y se encerró en dicho almacén. Sacó un juego de llaves, para usar la más antigua en una imperceptible cavidad en el muro del fondo. Abrió una pesada puerta cuya ubicación sólo sabía él, y la cerró con los siete pasadores internos que tenía. Siempre que hacia esta operación especial, el hermetismo le creaba un nudo en la garganta.

En ese cuarto secreto, desde el techo, una ventana circular con vitral religioso arrojaba un haz lunar débil, proyectado como columna, suficiente para ver el interior.

Había un pedestal de un lado del cilindro de luz, y sobre éste un libro abierto a la mitad. Se trataba de una obra que él mismo había hurtado durante sus estudios en Demonología. En la misma roca del pedestal estaban esculpidos dos soportes, con sendos cirios, listos para iluminar.

Xavier, ya con luces encendidas, empezó a seguir las instrucciones del libro, que desde hacía tiempo funcionaba como una especie de oráculo para él.

Recitó en una lengua extinta cada segmento de esa caligrafía arcaica, haciendo la invocación que necesitaba. Por supuesto, era un llamado infame, a las profundidades más temidas por el dogma. Su voz resonó en las paredes arenosas, y con sudoroso pasmo se dio cuenta de que el ritual iba surtiendo efecto. Detrás de la columna de luz, en el sitio opuesto al pedestal, emergió una energía absorbente, que oscureció y enfrió todo. Quedó el haz tenue del exterior, parpadeante. Partículas de polvo flotaban y se agitaban por una respiración ya presente.

De inmediato, venciendo el estupor ante aquella sombra, Xavier pasó a la siguiente fase, y conjuró con las llamas mortecinas de los cirios un par de cadenas doradas, que se dispararon hacia el invocado, sosteniéndolo por los brazos.

Estando todo bajo control, Xavier habló al recién llegado. “Hola. Tengo preguntas para ti”.

-Ah, Xavier, el curioso irremediable –dijo la voz abismal e intimidante.

-¿Te has llevado a Wendy? –el sacerdote siempre hacía preguntas directas para ahorrar tiempo, y asumiendo que, de antemano, siempre sabrían ambos de qué se trataba.

-Me correspondía tomarla, pero no lo hice –respondió decepcionado el ser sombrío.

-Explícate, ¿Quién se la llevó entonces? –dudó Xavier.

-La niña me pertenece por un trato que hice con una anciana. Se la han llevado seres ancestrales, quiméricos, que existen en una realidad tan vasta e incomprensible para ti, humano.

-Me es entonces difícil creerte –repuso el Demonólogo.

Y como respuesta, el visitante se reveló en el área iluminada. Su cabeza tenía dos prominentes cuernos, un rostro deforme, insoportable de ver, dientes afilados, y su torso estaba cruzado por profundas heridas aún vivas.

-Así que… ¿ellos te hicieron eso y se llevaron a Wendy?

-La niña ha sido rescatada, si es lo que quieres saber. Pero no tanto de mí, sino de aquella vieja mezquina; doña Amparo, le dicen –dijo el sombrío, y se escondió de nuevo en la penumbra, avergonzado.

-Cuéntame de ella… -esa información era imprescindible para Xavier. Se cruzó de brazos, interesado.
-Es una mujer tan vil que la eucaristía debería quemársele en la lengua. Tiene un alma tan corrompida por la hipocresía, es tan testaruda y desafiante, que sería una carga para mí guardarla en mis dominios. Por mí que se pudra en el purgatorio –y el ser oscuro se contuvo de decir más. No era necesario extenderse.

-Entonces, ¿la niña cómo los involucra a ustedes? –preguntó por último el Demonólogo. Comenzaba a asfixiarle ese encierro clandestino.

-Amparo quería una nieta. Me propuso un trato y me dediqué a convencer a una humana de abandonar a la bebé en la puerta de aquella casa. Siete años después, la reclamaría para resguardarla en mis abismos. Sin embargo, la muy tramposa vieja recurrió a rituales aún más ocultos, a esos seres ancestrales, para apartarme del camino. Y he ahí el resultado.

-¿De manera que… ninguno de los dos salió ganando?

-Lo importante es que ella perdió. Creía que podía burlar a cualquier autoridad y salirse con la suya. Después de todos los favores que me había pedido. Cuerpos enfermos y almas en pena por su egoísmo insaciable.

-¿Todos los favores? –y Xavier recordó las sombras de pies multiplicándose bajo el resquicio de la  puerta en aquella casa… dos, cuatro, seis, ocho.







Por: Vic C. Frias


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lunes, 30 de octubre de 2017

MicroRelato - Tienda de Abarrote



Tienda de Abarrote

Vamos de nuevo a visitar en sueños aquella tienda de abarrote, a la que acudíamos durante la infancia, para encontrar y disfrutar esas chucherías que ya habían sido olvidadas por la industria, como los chocolates tan adictivos con galleta y arroz inflado, o las papas fritas de edición especial, con sus sabores picantes y agridulces descontinuados.


Donde el propietario era aquel hombre regordete, de bigote abundante y sonrisa polifacética que, dependiendo del placer que buscáramos nosotros en la mercancía, nos encargaba favores para hacerle en el mundo real. Algunos dicen que esa tienda es la fachada de un rincón del infierno.






Por: Vic C. Frias



MicroRelato - Exhumado



EXHUMADO


Cómo no alegrarse cuando el niño consiguió su primer amigo. Mientras la madre trabajaba en la computadora, él lo recibía para irse a jugar al jardín. Por el rabillo del ojo, la progenitora vigilaba la compañía silenciosa que, arrodillada, señalaba el suelo que el niño removía con sus propias uñas.


El niño se declaró ganador de un juego de escondidas cuando llevó ante su madre el trofeo. Tomado por las greñas, un cráneo infantil putrefacto, ávido por ser descubierto.   






Por: Vic C. Frias