domingo, 12 de noviembre de 2017

Wendy ha desaparecido



WENDY HA DESAPARECIDO


-Mi niña, mi Wendy… ¿porqué se la han llevado?, justo cuando la arrullaba en mi regazo… –sollozaba doña Amparo, a la luz de los cirios. Apenas ocurrió el incidente, puso un modesto altar en la sala, para pedir por la vida de su adorada nieta.

Una fotografía de la pequeña, enmarcada en un portarretratos de acrílico, yacía entre las luces oscilantes, rodeada de cromos religiosos. La imagen parecía gesticular ante la mínima corriente de aire que agitara las flamas. El ambiente de la casa se había vuelto gélido y siniestro.

-¿…y luego amá?, ni cómo hacerle, se desapareció aquí mismo –repuso Policarpo, el mayor de sus hijos. Por más que hubiera querido disimularlo, le tembló la voz; le acarició la espalda a la anciana en señal de apoyo. Estaba aterrorizado; su vida había transcurrido en ese pequeño pueblo, donde las supersticiones y creencias pseudoempíricas habían tenido siempre igual validez que la religión.

Rosario y Ofelia, hermanas de Policarpo, preparaban chocolate caliente para todos. Por respeto al creciente luto de la madre, mantuvieron las luces apagadas, en ese atardecer que se había consolidado más temprano de lo normal, y que había dejado el pueblo tan callado y desolado como en una noche de Lunes.

-No se acongoje tanto, madre, y déjese ya los brazos que se le van a infectar –le sugirió Silvio, el penúltimo de sus hijos. Éste le observaba los antebrazos, que tenían impresas las rojizas líneas que la niña dejó trazadas con las uñas, en su esfuerzo por permanecer con la abuelita.

Mientras deslizaba las yemas de sus dedos sobre la piel arañada, doña Amparo recordaba la escena: Wendy se dejaba invadir por un sueño plácido de media tarde, con la cabeza recargada sobre sus piernas, en un sofá de la sala. La abuelita peinaba los cabellos infantiles, castaños y ondulados, cuando los ojos de la niña le comunicaron una reacción sorpresiva. “Abuelita, me acaban de agarrar de los tobillos” dijo Wendy, con la mirada dilatada. La mujer sólo la abrazó nerviosa, asegurándole que todo estaría bien.

La angustia de la niña se acentuó cuando, después de haberse desplazado sutilmente dos espacios en el mueble, sintió el jalón invisible más súbito y agresivo. Se sujetaron la una a la otra, bufando del esfuerzo. Doña Amparo se tuvo que levantar para asirse a los bracitos, para no dejarla ir.

“¡Me llevan, abuelita, no me sueltes por favor!” imploró Wendy, temblorosa y descontrolada, levitando, ascendiendo cada vez más, y con dirección hacia la habitación principal, en la otra orilla de la sala. A simple vista, no había nada, sólo los pies de la niña atraídos por un magnetismo sobrenatural.

“¡Aquí te quedarás conmigo, mija, agárrate bien!” gritó la anciana, sonrojada. La pequeña, en esa lucha horizontal, empezó a sentir frio en las plantas de los pies, y luego en los tobillos, en las rodillas, y en ese momento volteó la mirada, para notar que sus piernas se habían difuminado en el aire. La mitad inferior de su cuerpo había desaparecido.

La fuerza extraña persistió, y a pesar de todo esfuerzo, Wendy se esfumó en el umbral del recinto de la mujer, quien se habría estampado contra la puerta de no haberse rendido.   

-¡Ya llegó Ovidio con el Sacerdote! –interrumpió Silvio la tormentosa memoria de la señora, apartándose para abrir la puerta al hermano menor, que venía acompañado por el más eminente sacerdote del pueblo.

El padre Xavier, además de ejercer sus estudios en Teología para la comunidad, se encargaba de los casos extraordinarios que requirieran su especialidad en Demonología. En cuanto restregó las suelas de sus zapatos en el exterior de la casa para entrar con limpieza, se percató de una problemática inminente, de un secreto que mortificaba ese hogar con las sombras del mismo infierno.

Como saludo, hizo la señal de la cruz para todos. Se acercó con delicadeza a besar la mano de doña Amparo, que se quejó del ardor de los brazos. Rosario le alcanzó al recién llegado una taza con chocolate caliente, haciendo una reverencia.

-Hace frío aquí dentro, doña Amparo, demasiado; lo cual es pésima señal –comentó el sacerdote.

-¡Ayúdenos por favor a traer de vuelta a mi Wendy, padre! –suplicó la anfitriona con el rostro humedecido, y cubriéndoselo con las manos para prolongar innecesariamente el llanto.

-Debo empezar con un par de preguntas –sugirió inquieto Xavier, observando las vigas del techo, las puertas de los cuartos, todas diferentes e improvisadas, los muebles deteriorados. El altar dedicado a la desaparecida con devoción enfermiza.

-¡Sufro mucho, padre, lo que sea con tal de tenerla de nuevo en mis brazos! –respondió la pobre mujer.

-De acuerdo. ¿Quiénes son los progenitores de Wendy? –inquirió Xavier, esperando que alguno de los hijos de la señora levantara la mano. En lugar de eso, la anfitriona se asumió responsable de ella.

-Llegó a mi puerta cuando era una bebé, hace siete años. Yo, una mujer ya muy vieja, que con toda ilusión había esperado nietos, y consciente de que ninguno de mis hijos me los iba a dar en vida, le abrí las puertas de mi hogar a esa hermosa criatura –a pesar de la juiciosa respuesta de la anciana, los cinco hijos contuvieron notablemente un contraataque verbal.

-Paso a la siguiente: ¿Wendy está bautizada? –continuó el sacerdote, y los hermanos se miraron entre sí, dubitativos; la señora respondió con un “Si” intrigante y vago.

Xavier notó que la anciana se sujetaba las huesudas rodillas, cubiertas por el camisón a rayas con bordes de encaje. Era evidente la opresión de ese dolor cuya sanación no puede postergarse más. Había que solucionar el problema, y el paso inicial era evacuar la casa. Un mal abominable estaba al acecho.

-Muy bien. Lo primero que les voy a pedir es que salgamos de aquí y se refugien en la casa de alguno de ustedes. Tomen sólo lo indispensable –concluyó el padre, dirigiéndose a Ovidio, que lo había contactado. Y le distrajo la respuesta de la señora.

-Padre, ya todos sabemos que me queda poco tiempo. Nada me hará más feliz que morir aquí. No me importa si mi casa está inhabitable. De aquí nadie me moverá –expresó con solemnidad doña Amparo, arrodillándose para besar los mosaicos erosionados.

Rosario y Ofelia se acercaron a levantarla, con expresión de incomodidad y ofreciendo disculpas al visitante. Para no mirar irrespetuosamente la flacidez lánguida de ese cuerpo hecho un manojo de penas, Xavier desvió los ojos hacia la puerta de la recámara principal.

La sombra de dos pies se proyectó debajo de esa puerta. Sin duda, alguien más los acompañaba. O quizá más gente. De un instante a otro, la sombra era de cuatro pies,  y luego seis, y ocho, hasta poblar de sombra todo el resquicio, y desaparecer. El sacerdote quedó entonces menos convencido de que por cuenta propia solucionaría el caso. Tuvo un mal presentimiento. Distraído, se dispuso a salir.

-Necesito más información. Ya vuelvo –se retiró sin mirar a nadie, y ante ello se empezaron a escuchar los alaridos de desesperación de la anciana.

Caminó a paso presuroso, ignorando los saludos de la gente del pueblo. Había un viento tan veloz y ligero que se escurría por las paredes; le decía algo al oído, tan ininteligible y suspicaz como su consciencia. Estaba seguro; sólo necesitaba confirmarlo. “Esa familia aún no sabe que no volverá a ver a la niña" pensó.





Entró a la Parroquia, y se cercioró de haber cerrado bien, sin seguidores que comprometieran su misión. En una de las paredes laterales, cercanas al altar, abrió la puerta a un almacén oscuro donde guardaba los artículos de limpieza y herramientas para mantenimiento de las instalaciones.

Jaló una cadenita colgante para encender una bombilla de cristal oscurecido, y se encerró en dicho almacén. Sacó un juego de llaves, para usar la más antigua en una imperceptible cavidad en el muro del fondo. Abrió una pesada puerta cuya ubicación sólo sabía él, y la cerró con los siete pasadores internos que tenía. Siempre que hacia esta operación especial, el hermetismo le creaba un nudo en la garganta.

En ese cuarto secreto, desde el techo, una ventana circular con vitral religioso arrojaba un haz lunar débil, proyectado como columna, suficiente para ver el interior.

Había un pedestal de un lado del cilindro de luz, y sobre éste un libro abierto a la mitad. Se trataba de una obra que él mismo había hurtado durante sus estudios en Demonología. En la misma roca del pedestal estaban esculpidos dos soportes, con sendos cirios, listos para iluminar.

Xavier, ya con luces encendidas, empezó a seguir las instrucciones del libro, que desde hacía tiempo funcionaba como una especie de oráculo para él.

Recitó en una lengua extinta cada segmento de esa caligrafía arcaica, haciendo la invocación que necesitaba. Por supuesto, era un llamado infame, a las profundidades más temidas por el dogma. Su voz resonó en las paredes arenosas, y con sudoroso pasmo se dio cuenta de que el ritual iba surtiendo efecto. Detrás de la columna de luz, en el sitio opuesto al pedestal, emergió una energía absorbente, que oscureció y enfrió todo. Quedó el haz tenue del exterior, parpadeante. Partículas de polvo flotaban y se agitaban por una respiración ya presente.

De inmediato, venciendo el estupor ante aquella sombra, Xavier pasó a la siguiente fase, y conjuró con las llamas mortecinas de los cirios un par de cadenas doradas, que se dispararon hacia el invocado, sosteniéndolo por los brazos.

Estando todo bajo control, Xavier habló al recién llegado. “Hola. Tengo preguntas para ti”.

-Ah, Xavier, el curioso irremediable –dijo la voz abismal e intimidante.

-¿Te has llevado a Wendy? –el sacerdote siempre hacía preguntas directas para ahorrar tiempo, y asumiendo que, de antemano, siempre sabrían ambos de qué se trataba.

-Me correspondía tomarla, pero no lo hice –respondió decepcionado el ser sombrío.

-Explícate, ¿Quién se la llevó entonces? –dudó Xavier.

-La niña me pertenece por un trato que hice con una anciana. Se la han llevado seres ancestrales, quiméricos, que existen en una realidad tan vasta e incomprensible para ti, humano.

-Me es entonces difícil creerte –repuso el Demonólogo.

Y como respuesta, el visitante se reveló en el área iluminada. Su cabeza tenía dos prominentes cuernos, un rostro deforme, insoportable de ver, dientes afilados, y su torso estaba cruzado por profundas heridas aún vivas.

-Así que… ¿ellos te hicieron eso y se llevaron a Wendy?

-La niña ha sido rescatada, si es lo que quieres saber. Pero no tanto de mí, sino de aquella vieja mezquina; doña Amparo, le dicen –dijo el sombrío, y se escondió de nuevo en la penumbra, avergonzado.

-Cuéntame de ella… -esa información era imprescindible para Xavier. Se cruzó de brazos, interesado.
-Es una mujer tan vil que la eucaristía debería quemársele en la lengua. Tiene un alma tan corrompida por la hipocresía, es tan testaruda y desafiante, que sería una carga para mí guardarla en mis dominios. Por mí que se pudra en el purgatorio –y el ser oscuro se contuvo de decir más. No era necesario extenderse.

-Entonces, ¿la niña cómo los involucra a ustedes? –preguntó por último el Demonólogo. Comenzaba a asfixiarle ese encierro clandestino.

-Amparo quería una nieta. Me propuso un trato y me dediqué a convencer a una humana de abandonar a la bebé en la puerta de aquella casa. Siete años después, la reclamaría para resguardarla en mis abismos. Sin embargo, la muy tramposa vieja recurrió a rituales aún más ocultos, a esos seres ancestrales, para apartarme del camino. Y he ahí el resultado.

-¿De manera que… ninguno de los dos salió ganando?

-Lo importante es que ella perdió. Creía que podía burlar a cualquier autoridad y salirse con la suya. Después de todos los favores que me había pedido. Cuerpos enfermos y almas en pena por su egoísmo insaciable.

-¿Todos los favores? –y Xavier recordó las sombras de pies multiplicándose bajo el resquicio de la  puerta en aquella casa… dos, cuatro, seis, ocho.







Por: Vic C. Frias


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lunes, 30 de octubre de 2017

MicroRelato - Tienda de Abarrote



Tienda de Abarrote

Vamos de nuevo a visitar en sueños aquella tienda de abarrote, a la que acudíamos durante la infancia, para encontrar y disfrutar esas chucherías que ya habían sido olvidadas por la industria, como los chocolates tan adictivos con galleta y arroz inflado, o las papas fritas de edición especial, con sus sabores picantes y agridulces descontinuados.


Donde el propietario era aquel hombre regordete, de bigote abundante y sonrisa polifacética que, dependiendo del placer que buscáramos nosotros en la mercancía, nos encargaba favores para hacerle en el mundo real. Algunos dicen que esa tienda es la fachada de un rincón del infierno.






Por: Vic C. Frias



MicroRelato - Exhumado



EXHUMADO


Cómo no alegrarse cuando el niño consiguió su primer amigo. Mientras la madre trabajaba en la computadora, él lo recibía para irse a jugar al jardín. Por el rabillo del ojo, la progenitora vigilaba la compañía silenciosa que, arrodillada, señalaba el suelo que el niño removía con sus propias uñas.


El niño se declaró ganador de un juego de escondidas cuando llevó ante su madre el trofeo. Tomado por las greñas, un cráneo infantil putrefacto, ávido por ser descubierto.   






Por: Vic C. Frias




domingo, 22 de octubre de 2017

¡Mi Segundo Libro Ya Está Disponible!


¡Hola Amigos! Les informo que Mi Segundo Libro,
"Las Entidades Acechantes"
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"Las Entidades Acechantes"
Ofrece una Recopilación de Relatos de Terror
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Les comparto la Sinopsis de este Compendio de Relatos de Terror:

Las cámaras de seguridad en las oficinas de una empresa muestran la terrible razón por la que una joven se creía desaparecida.

Un hombre recuerda, mientras se afeita, una excursión que emprendió con su mujer, durante la que interactuaron con una oscura entidad.

Una madre, agobiada por que su pequeña hija detecta seres malignos en el entorno, se somete a un ritual que le haría una nefasta revelación.

Un joven despierta en un mar carmesí, rodeado de gente que flota dormida, para después encarar con impotencia una realidad controlada por seres abominables.

Una chica envía una misteriosa carta a su novio, de quien sospecha una mala intención.

Un estudiante descubre las ceremonias nocturnas de su compañera de apartamento, irremediablemente absorbida por ellas.

Estas y muchas más experiencias están encerradas en “Las Entidades Acechantes”, recopilación de Relatos de Terror y segunda obra del Autor Lagunero Víctor Contreras Frías. Hay que atreverse a experimentarla con toda la fuerza de la imaginación.





Muerte en el Callejón




MUERTE EN EL CALLEJÓN


Soy el único merodeador nocturno libre de esa paranoia colectiva, la que se respira en el hedor vicioso de estas calles. Fumo un cigarrillo con parsimonia, y el humo se diluye en el bullicio ansioso de los transeúntes. Todos huyen de lo mismo, de una leyenda urbana que desgraciadamente se mostró como verdadera llevándose de víctima a alguien de mi familia.

Busco venganza por la brutal muerte de mi hermana, y no me interesa quién se tenga que poner de señuelo para invocar esas fuerzas malditas. Las exterminaré con mis propios puños, así tenga que suicidarme para cruzar al inframundo y terminar la tarea.

Estoy agazapado en la escena del crimen, en este callejón donde la entidad se dejó llevar por un desconsiderado e instintivo deseo mutilador. Regurgito una bilis ardiente, y la desecho imprimiéndole mi coraje, reuniendo saliva suficiente para que suene el impacto contra una lata de cerveza que rueda con el viento pestilente.

Una dama con gabardina negra, de esas que reflejan los destellos de los anuncios de neón, se acerca y empieza a escudriñar el tráfico. Sospecho de ella, pues aparenta buscar un taxi, pero lo hace sin ganas. A mí no me engaña; no es de por aquí.

Me aproximo a ella, con los brazos cruzados, conservando mi postura de vigilante. Le sugiero que, si necesita transporte, vaya la base de los taxis, que es la única manera, a cuatro cuadras más adelante. Me agradece, confirmando que anda de visita, por el funeral de su última tía abuela.

Así es en este diminuto y oscuro rincón del infierno. La muerte es la única razón por la que hay gente que sigue entrando. Ya de salir ni siquiera se habla. Es una locura.

La dama me pregunta que si soy policía. ¿Policía? Ese oficio es una burla aquí. Toda la población son delincuentes natos. Sin embargo, se ha llegado a una estabilidad en que la inmoralidad impera y nadie dice nada. Vivimos en un orden en que las inconformidades, buenas y malas, se solucionan con la velocidad de un asesinato. Hemos construido una verdad cruda pero justa, porque si alguien muere, ha sido por una razón de peso. Todo aquél que sea distinto se vuelve un subversivo.

Ella escucha con atención. Me toma confianza con rapidez, lo que me incomoda. Me interno en el callejón oscuro para que nadie sospeche de mí. A los transeúntes les sería más usual verme queriendo arrebatarle el bolso, o intentando besarla a la fuerza y metiendo la mano entre sus pechos con voraz instinto.

Ella me sigue, y en esa penumbra me doy cuenta de que está facilitando mis objetivos. Ella, sin querer, está funcionando como carnada para atraer a la bestia que hace días mató a mi hermana. Y comienzo a sentirme un traidor cuando se me acerca más, y me dice que se siente segura y protegida conmigo.

Pasan dos sujetos caminando, y nos voltean a ver. Disimulo la situación haciéndole a ella una pregunta en voz alta, sobre el servicio más obsceno imaginable en el menú de una prostituta. Ella coopera abriendo su gabardina, mostrándome el suculento escote que lleva debajo. La boca se me inunda de saliva, y me despierta la erección más súbita y vigorosa que he sentido en la vida. Los dos sujetos, tras haber aminorado el paso, continúan con la vista en la espalda de la mujer, hasta perderse.
Saco la caja de cigarrillos que llevo en el bolsillo trasero de mi pantalón, y le ofrezco uno a ella. Tras tomarlo, lo sostiene entre los labios. Se lo enciendo con mano temblorosa, mientras ella cubre de nuevo su precioso busto. 

Le da una calada, y me pregunta sobre la leyenda urbana que tiene aterrorizada a la gente, por ser lo último que escuchó de su tía abuela antes de su fallecimiento. Consumo casi un tercio del cigarrillo de una sola vez, y volteo la cara para despedir una densa nube de humo. Ella se pregunta qué tan profundo es el callejón, y a dónde lleva.

Le comento que este callejón no lleva a ninguna parte; que no es tan profundo como parece. Lo empieza a ser cuando, tras subestimar la leyenda, se encuentre estampada contra el muro y su sangre se filtre por las grietas del concreto. Me sorprende que su única reacción sea dar otra calada al cigarrillo.

Y en justa medida lo he dicho. Ninguna mujer tiene la decisión natural de detener su camino en un sitio como este. Ni siquiera para retocar su maquillaje. Aunque claro, ella es nueva en la ciudad y no está informada al respecto. Le digo que le daría la bienvenida, pero sería una falta de cortesía, más que darle una patada entre las nalgas para que se fuera lejos. Ella ríe y halaga una elocuencia que yo no sabía que tenía.

Antes de comenzar el relato sobre la leyenda urbana, me arriesgo a saturar mis pulmones con el resto del cigarrillo. Sostengo el fantasma nicotínico en mi interior, y lo expulso lentamente, para ahuyentar la crisis por el recuerdo de mi hermana. Ella disfruta el suyo a bocanadas pequeñas.





Extraigo de otro bolsillo del pantalón un brazalete plateado y delgado. Se lo muestro. Ella lo contempla y alza una mano para recibirlo. Le digo que mi hermana fue asesinada en este callejón, quedando como única evidencia de su identidad ese brazalete, junto al uniforme y un rio de sangre que terminó alimentando las alcantarillas. Que su partida fue tan inenarrable que ni el cuerpo quedó.

Le comento, engrosando más la voz, que mi hermana fue una mujer decente. Que iba saliendo de trabajar de las oficinas administrativas de la maloliente fábrica, ese matadero que hiede más a humanidad desamparada que a producto terminado; y que mientras esperaba un taxi, fue arrancada del suelo hacia el fondo del callejón, y no volvió a tocarlo nunca más. La dama me entrega el brazalete.

Hago la observación frustrada de que las prostitutas logran no andar en la calle por tanto tiempo. Que consiguen muy buenos descuentos en sus viajes a las afueras de la ciudad, a cambio de ir estimulando al taxista, susurrándole cosas sucias, besándole la oreja y sujetándole la protuberancia en la entrepierna por todo el trayecto, asignándole a cada cosa una tarifa. Pero que nunca he sabido de una que no haya vuelto a casa sana y salva, porque su ausencia se notaría demasiado en la comunidad promiscua. Mi hermana fue doblemente victima por no haber encontrado transporte a tiempo.

El brazalete plateado, si mal no recordaba, era un amuleto que proveía de una protección divina a mi hermana; según mi madre, nada malo le pasaría si lo llevaba puesto. Vaya patrañas de la ignorancia.

Me percato de que esta mujer me agrada. Tras acabar el primer cigarrillo, tiene la confianza de meter su mano en mi bolsillo trasero, el de la cajetilla; extrae uno para ella, y me alcanza otro para mí. Los enciendo conmovido, después de que ella misma ha depositado la cajita en su lugar. Debo sacarla de aquí. Si sigo hablándole de la leyenda, estaremos provocando las circunstancias.

Le propongo escapar lo más pronto posible, y ella se aferra a mi brazo. Me hace sentir como un caballero. Cuando estamos al umbral, por pisar la avenida, un fuerte jalón pretende apartarla de mí. Para mi fortuna, logro retenerla conmigo, y atestiguo el fenómeno que protagoniza la leyenda.

Lo tenemos ante nosotros, un monstruo oscuro y camaleónico que se sujeta a un muro del callejón. Su única parte visible es una larga y demoniaca lengua que tiene asida por el cuello a mi acompañante. No tengo idea de qué tan grande sea, pero es intimidante y me da la impresión de que sus movimientos serán impredecibles.

Mi siguiente maniobra es empeñarme en retirar la lengua maligna del cuello de ella, que se sonroja y gime con el esfuerzo por librarse, que se vuelve inútil. Al no llevar conmigo una navaja, saco el encendedor y pongo su llama cerca de la lengua, que no tarda en dejar de asirse. Escuchamos un quejido gutural.

La dama se sujeta el cuello, aclarándose la garganta. Me pongo delante de ella, tomando su mano. Vemos que la criatura se acerca a nosotros, moviendo sus extremidades por el muro. Se escuchan áridas y ásperas, como si fueran a incendiarse si se frotan demasiado. Cuando va tan rápido que sentimos que se abalanzará sobre nosotros, tengo una idea que puede ayudarnos.

Saco del bolsillo el brazalete plateado, y se lo pongo a mi compañera. Supimos que el monstruo ya había saltado para devorarnos, pues vimos que chocó contra una superficie invisible que le impidió una proximidad de menos de tres metros de nosotros.

Se incorpora y se acerca, como depredador felino, y cuando el haz de la luna mortecina lo ilumina, no puedo tolerar la imagen que tenemos ante nosotros. Imposible, inconcebible. La realidad como la conocía se derrumba y mi interior grita con la desesperanza más visceral. Me arrodillo sin soltar la mano de mi acompañante, para llorar de impotencia. El monstruo tiene un rostro que logro reconocer.

“Dame de comer, hermano. ¡Aliméntame, suéltala!” dice con la malicia más venenosa que han sentido mis oídos. Una malicia a la que no voy a complacer nunca.





Por: Vic C. Frias


















miércoles, 18 de octubre de 2017

Pareidolia



PAREIDOLIA


Siempre juraré que tuve ese diálogo con el hombre del sombrero. Lo encontré a las tres de la mañana en la sala, sentado en la butaca frente a la que yo habitualmente ocupo, en una penumbra difícil. Me inspiró confianza porque su sombrero me indicaba que quería ser visto. Estaba cabizbajo, taciturno.

Sus guantes se sujetaban, tensos, a los brazos de la butaca, bajo el haz de la luna. Le di las buenas noches, a lo que el sombrero asintió levemente. Decidí acompañarlo, pues siempre reconozco a un hombre que quiere conversar.

Me abordó con cortesía, preguntándome cómo había estado, como si me conociera desde años atrás. Su voz era grave y retumbaba en mis oídos como un eco. Me deleitó su dicción correcta y breve, sin rodeos, por lo que ahí estaría frente a él por dos horas, hablando primero de mis creencias y conocimientos.

Me percaté de que nuestra charla era ascendente en la dificultad de los temas, y mientras terminábamos de comentar la Realidad desde una perspectiva cuántica, percibí una sonrisa de él entre las sombras, aunque no fuera capaz de verle el rostro.

Hubo un silencio en que dio inicio una amistad entre nosotros. La sonrisa era cálida y casi lacrimosa ante el entendimiento que habíamos alcanzado.

Y, basándose en que mi mente estaba libre de prejuicios, se atrevió a decirme algo que sonó como una llamada de auxilio. Me pidió algo que no comprendí en primera instancia: que subiera al Departamento 304 y me llevara su cuerpo de ahí.






Yo vivo en el 204, y desde mi llegada he sabido que el 304 ha estado deshabitado. Se lo hice saber, y con paciencia me insistió. Se escucharon golpes en el techo, y otros más distantes, como si algo rebotara en las paredes y el piso del 304. En mi estancia, nunca había sucedido.

Fui condescendiente, y le dije que me lo llevaría, que conseguiría una silla de ruedas o una camilla. Saqué el teléfono celular, haciéndole saber que llamaría a una ambulancia.

“No me entiendes. Tendrás que buscar otra forma” me dijo, con una neutralidad espectral. “Mi cuerpo está en las paredes, que están pintadas con él”. Me habló del día en que eso sucedió; me dijo que todo fue tan súbito, tan imprevisto.

Que antes era conserje del edificio, y su única intención era recoger un papel arrugado en el centro del Departamento 304. Que ese papel, después de todo, seguía ahí mofándose de su prisión en las paredes, como el vestigio de un maleficio hecho por una joven hace tanto tiempo, de quien se escuchaba aún la voz malintencionada y absorta. Que aún sentía entidades oscuras recorriéndolo, como escalofríos arbitrarios.

No dejaba de escuchar aquellos ruidos; vi los guantes estremecerse, y el sombrero agitarse en extraña convulsión, hasta caer sobre el asiento. Quise hacer un intento por asistirlo por si estaba sufriendo una crisis, así que encendí la luz.

En la sala iluminada me daría cuenta de una pareidolia que estuvo engañando mi mente. Sobre la butaca estaban las prendas que, fatigado por la jornada, arrojé sin pensar. Estaban perfectamente dobladas y acomodadas en el asiento. Carajo… ¿Quién las acomodó así?, ¿Con quién estuve charlando por dos horas ininterrumpidas?, y ¿Por qué se siguen escuchando los ruidos arriba?




Por: Víc C. Frías




lunes, 16 de octubre de 2017

Poema - Musa de Faz Múltiple



MUSA DE FAZ MÚLTiPLE


He visto estremecer tu alma de poetisa,
sumergida la pluma en tintero extático,
me provocas sonrojos y tantas sonrisas
y bañas mis sentidos en tu propósito.

Esgrimes con tal firmeza tu talentoso
verso cardioide, y ágilmente te aseguras
de que la dulce punzada en mi torso
aterrice y me hable de dichas futuras.

Leo tus palabras y percibo tu cariño,
palpitando sudoroso en la blancura,
difundiendo tu virtud en el dominio
que emites del pecho con premura.

Me conquista la creatividad de tu charla,
que vuelve, para mi, inteligible tu locura,
y me asombra tu don para contagiarla,
despertarme a la enseñanza que procuras.

Eres la heroica Musa de Faz Múltiple,
la del pensamiento rosado, que derrota
la mediocre monotonía de los príncipes
para aventurarse en las poéticas flotas.









Por: Vic C. Frias