miércoles, 19 de julio de 2017

La Decena Imposible V


LA DECENA IMPOSIBLE V


I
Atesoro esas horas sonrientes de inagotable conversación,
de desnudez espiritual, de libres vocablos;
esas horas que transcurren alejadas, sin perturbar el júbilo
de un intercambio constante de revelaciones.
Adoro sentir la bondad de la existencia
en el discurso de las amistades más profundas,
las que sostienen mi corazón en alto.
Percibo la inmortalidad más sustancial
al saber de sus vidas, y saberme parte de ellas.



II
Musa, ya no sé qué más entregarte de mí.
Tienes mis fantasías corrompidas por tu ausencia,
la ataraxia de mis amaneceres insípidos,
instigada por mi afán de mostrarte mi optimismo.
La catarsis inmutable de mis ojos ante el papel blanco,
que atestigua mis búsquedas infructuosas
del verso mudo que siempre has tenido en la boca.



III
Ansío quererte en el infinito, donde nada importa;
en los confines temidos por los males del mundo,
donde a cada beso corresponden dos,
y a cada caricia una noche de ellas.
Quererte en la dimensión indecible que la creación
no ha sido capaz de imaginar.



IV
Llévate, Mujer, esta vanidad ingenua que cree que te merece.
Destrúyela con tus juicios francos, con las declaraciones
hostiles que conquistan mis complejos.
Mejor olvídalo… Es irrelevante. Sólo te invito a jugar con las amarguras
que te han conocido de lejos, sin nombre e intocable.



V
Buscaba un diagnóstico para la falta de apetito;
para el llano estéril en que se había convertido la vida.
Para la adicción a la punzada de su imagen en cada pensamiento que tenía.
Para el instintivo desgaste de la imaginación por tenerla presente siempre.
Y sobre todo, para la idea errónea de que todo lo anterior
era un remedio para la ausencia de Ella.





VI
Mujer, eres el reverbero insoportable de esta vacuidad de mi alma.
No existo si no es manifestándome ante ti, aunque sea
con la sensación más lóbrega y finita de tu indiferencia.



VII
Ella me preguntó por los motivos de mi vida, como ese acto imprescindible
que todos cometemos a mitad de los veintes.
“Mi motivo de vida es tan grande como el malestar que siento
el día que no te dirijo la palabra” respondí.
Pero ella estaba insatisfecha. “Un motivo que no esté
en función mía. Dímelo” requirió.
Y me abrumó la eternidad de mi silencio.



VIII
Juro que un día despertaré, si no en tu cama, en el impulso de tus párpados,
en la estremecida chispa que te despereza; haré que bosteces sonriente,
absorta en mi cariño. Vibraré en tu pupila diminuta cuando presencies el alba,
y voy a ceñirme a la gracia de tu espalda erguida.
Y sabrás que al final del día te habré dicho que te quiero, aunque
sólo hayas percibido una brisa desordenando tu cabellera.



IX
Ella conoce la evidencia de mis palabras,
la transparencia vulnerable de mi existencia.
Ella me aborda con lecturas acertadas,
y exhibe para sí la desnudez de mis versos.
Me estudia, buscando una mentira de hombre
que me asigne un defecto común.
Pero le digo que mis defectos no están ahí.
Están en mi obligada incapacidad de practicar
las maravillas frustradas que he escrito,
y que tantos suspiros le han robado.



X
Los peores días de mi vida los he pasado
sobreponiéndome a las afrentas ineludibles del corazón.
Pero estoy agradecido de que la mentira nunca ha participado
en la construcción de la sabiduría futura.
Siempre he querido como lo dicta el pulso,
y vivido con valor las consecuencias.




Por: Victor C. Frías








domingo, 16 de julio de 2017

La Decena Imposible IV


LA DECENA IMPOSIBLE IV


I

Dejamos de creer en nuestro amor cuando las insípidas rutinas
hicieron eco en los vacuos corazones. Nos habíamos contagiado
un hábito de mantenerlo todo al margen, sin acoger ya
los besos intrépidos, los abrazos con aroma a reencuentro y las caricias edulcorantes;
y relegamos lo mejor de nosotros mismos
a la interrogante etérea de las posibilidades.



II

Qué afán de desvirtuar el coito en las perspectivas corrompidas, 
en una inducida falta de vergüenza, en el estrabismo etílico 
que glorifica las difusas formas de la belleza anónima.
Qué intención tan descomunal de profanar una amalgama candente,
diseñada sólo para un esplendor máximo, con la sombría
palpitación de la resistencia a una agonía resuelta.



III

Musa: hay veces que te odio con todo mi ser. 
Odio la frustración de saber de tu personalidad impecable,
de tus logros en mi corazón, que nunca soñaré alcanzar en el tuyo.
Odio la elegancia con la que injurias mis carencias
y la sonrisa que al final queda en mi boca.
Odio que necesites hacer tan poco para alegrarme
y mucho menos para herirme. Detesto al estar ante ti
la manera en la que me hace sentir este egoísmo
de mis entrañas que no me sirve para amarte. 
Detesto que seas inalcanzable, y saber que entregarte 
mi humanidad no basta para nada que me aproxime a vivirte.



IV
El pintor despertaba feliz en los albores de su piel,
inmerso en su presencia irresistible.
Ella vagaba desnuda entre los lienzos,
como la obra consumada y satisfecha
que destacaba entre los óleos inconclusos;
y se duchaba con la puerta abierta, a propósito.
En la mente de Él estaba el tesoro
en el que quería perpetuarse.






V
Quiero que la solemne tribulación de tus labios
muera en mis mejillas y emprendas el vuelo,
rompiendo mi horizonte
en el dulce quebranto de tu adiós.
Quiero la cálida turbidez de tus pupilas
precipitándose en el espacio próximo,
fertilizando los recuerdos,
imprimiéndose en mis fuerzas volátiles.
Quiero disipar de tus manos los pesares dilatados,
en una caricia valiente, que de todos modos
no quiere dejarte ir.



VI
La vertiginosa frialdad del tiempo se hizo sentir
en los destellos de la sortija. Aquella joven
sellaría su alma en el vínculo perenne, que carecía de nombre
comparado con la vorágine que él llevaba décadas soportando.
Él se percató, en la ilusión sin precedentes de la joven, 
de lo mucho que había subestimado ese amor pueril 
que llegó a sentir por ella en la maraña de quimeras tempranas, 
cuando todo era Especial, y las heridas se atribuían a catástrofes lejanas.
Pero ya no eran infantes, y no podían darse el lujo de la incertidumbre. 
¿Qué podía él ofrecerle a ella en ese instante fatídico 
que le confirió una fragilidad confusa? 
Sólo la sonrisa incondicional de siempre.
Y él se quedó con la vigilia absorta y solitaria, 
en que delegaría a las deidades la dicha de ella, 
por el resto de la vida.



VII
Desde los veinticinco años dedicó su tiempo 
a la búsqueda y selección de los lazos entrañables. 
Había comprendido que era la edad perfecta 
para pactar la cercanía con aquellas almas 
con quienes quería compartir el resto de la vida. 
Fue momento de ir construyendo la longevidad 
en lo que de verdad importaba: 
una existencia multiplicada y enriquecida, 
una trascendencia verdadera. 
En su lecho final, no podía estar más orgulloso 
de lo mucho que había aprendido de ellos. 
Y en su sueño celestial quedó la gratitud 
por nunca haberse sentido solo.



VIII
Quiero conocerte mejor, Musa. 
Es el deber de mi corazón escudriñar tu presencia insondable, 
pues gobiernas la estridencia de mis sentidos 
sin el requisito de una anatomía. 
Eres la esencia anónima que de mí todo lo sabe, 
y de quien sólo conozco el Don de dirigir mi caligrafía, 
fabricada en nuestras áureas sinergias, 
las de mis delirios fáciles, que prefieren 
asumirse abandonados y asignarte la voz de mi locura.



IX
Se habían dicho que se apreciaban; habían charlado a tientas, 
sin calcular la profundidad del otro; habían estado inquietos 
y abrazados por un lapso de hermosa cohesión. 
Había él dormido en la misma cama que ella, 
espalda contra espalda, y ella se había sentido segura 
y libre de una asfixia invasiva. Pero un beso… 
nunca lo habían intentado. Era el gesto más arriesgado, 
el más imponente. El más sofisticado 
y digno de un momento cumbre, en el que ocurriese por impulso, 
sin pensarse. Imaginaban ese instante 
como escuchar el eco del propio corazón 
en el húmedo abismo entre las texturas, 
como que era explorarse mutuamente 
en una interacción que seguiría sin tener límites o saciedad. 
Era el placer más intimidante 
por el gentil descontrol en que los sumiría. 
Sin embargo, estaban convencidos de que 
sólo deliberarlo era un hábito destructivo; 
y decidieron intentarlo. Por supuesto, ellos sabrían cuándo.



X

Quiero saturarme de tu intención latente, 
traducir el silencio al que lamentas obligarte.
Deseo la osadía de desprender tus ataduras
 y emancipar la luz de tu prisión terrena.
Sea mi cuerpo tu instrumento, y mi espíritu una escala;
surcaremos los haces níveos que perecen en tu cama.






Por: Vic C. Frías




viernes, 16 de junio de 2017

La Decena Imposible III


LA DECENA IMPOSIBLE III

-

I

Ahora que ya habían descubierto sus pasados y aprendido a exhibirlos con la persona correcta, sólo con la vergüenza indispensable, concordaban en que la vida nunca había sido justa cuando se trataba de amores… y en esa mirada que cruzaron en última instancia, en un silencio que compartieron sin prisas, dedicado a la disipación de las brumas, lograron el conocimiento de que los injustos son los mismos enamorados, porque los ideales son frágiles, y las satisfacciones, volátiles. Se tomaron de la mano desde lados opuestos de la mesa, y pactaron ese amor invencible, el que es independiente de la declaración de vínculos, el que sólo se fabrica en la profundidad de las almas; el que es genuino, y sobre todo, libre.


II

Hacerlo sin Amor es como Suicidarse. Es asesinar con frialdad la ilusión de un encuentro formidable, con que se enriquecería el espíritu. Es una satisfacción vana que no derribará nunca la barrera del instinto. Es mentirse a uno mismo con otra lengua, para mitigar por una noche el desasosiego provocado por la misma soledad sin remedio.


III

Siempre he estado en contra de dejar todo a la imaginación cuando el Amor es un hecho irrefutable. Se trata de ser espontáneo en las mágicas brevedades de la cama; no de desgastar en jaula propia un discurso erótico ilusorio.


IV

Aquel que no está preparado para dominarse a sí mismo,
está condenado a un retroceso evolutivo que lo dejará,
peor que muerto, inconsciente.


V

Perdí las ganas de vivir cuando conocí el cataclismo del contacto
de sus labios con los míos. Era un placer tan abrumador, tan temible
por lucir escaso siempre, que superaba la rutina de mis ensoñaciones,
y me demostró que la cordura puede dejar de ser inquebrantable.
Perdí las ganas de vivir cuando no quedé satisfecho
con la condescendencia onírica, donde besarla era posible,
pero efímero.





VI

Imaginar esa cercanía inenarrable que se logra en sus labios,
en que integramos cada corpúsculo en profunda cadencia.
Nuestros ímpetus infinitesimales, todos en sincronía extática.
Su boca, acariciando el esplendor de mi dicha, muda en edénico trance.
El tiempo insaciable de ambos…
Sólo imaginarlo, es de por sí formidable.


VII

Cometí la estupidez de recurrir a las letras para volverlas
mis aliadas contra los quebrantos más implacables.
No me habían dicho que lucían más hermosas
cuanto mayor era mi debilidad. Tuve que enfrentarme
a tal imprevisto, y ahora ya no me empeño en ahuyentar
las manos de Afrodita, que estrujan mi corazón
y lo exprimen en mi tintero.


VIII

Tras haber viajado a través de los
dominios celestiales más imponentes,
desintegrando mi espíritu en afán único,
tuve el encuentro último con la Musa.
Ella aguardaba, paciente, en trono
marmóreo, a merced de una fragante
llanura. La Musa. Ese ser prodigioso,
con la mirada fue capaz de desprender
mis partículas restantes, y me redujo
a ínfimos fragmentos. Pude percibir
el anhelo de mi instante límite en su aliento,
y quise morir en un suspiro suyo.


IX

Todas las noches, cuando ella se quedaba dormida
con la sonrisa involuntaria que presagiaba sus dulces sueños,
Él celebraba en su interior la victoria ante la congoja
que lo acompañaba siempre; una inquietud oscura
de la que seguía siendo incapaz de protegerse,
pero que con éxito le había ocultado a ella,
porque era inútil estar lidiando con semejantes
incógnitas de la vida. Él cumplía sus dos propósitos:
entregarle todo de sí mismo, y
no permitirse la obsesión de preguntarse en voz alta
cuánto lo amaba Ella.


X

Conozco esas penas en las que absortos viven los Poetas.
Pero envidio la dignidad en la que sufren,
teniendo siempre algo qué decir en sublimes letras.
Tengo una Musa que hace sangrar mi pensamiento,
que deja inerme mi pulso, y merece los versos
más profusos y elegantes; pero en silente austeridad
le he rendido tributo.




Por: Vic C. Frías





miércoles, 14 de junio de 2017

Coleccionista de Rechazos


Hola Amigos, les comparto mi nuevo Relato de Terror, Coleccionista de Rechazos. Espero lo disfruten mucho y que les aporte una experiencia entretenida. ¡Saludos y Gracias!


COLECCIONISTA DE RECHAZOS

-

Como la vez anterior, ocurrida a meses de distancia, Guillermo cumplía con el creciente hábito de volver a su departamento como un individuo distinto; con las prendas anegadas de un gélido sudor, las manos pálidas y trémulas, y un pulso paradójico por la ansiedad, experimentaba el abatimiento y un simultáneo orgullo tras haber consolidado su misión de ser rechazado por la chica a la que había frecuentado. Otro semblante se había trazado en su cara, menos resistente que el natural. Pero sonreía, porque al final no había sido defraudado.

“No se haga tanto daño, joven” le advertía con insistencia el dueño de la cafetería del centro, a la que usualmente llevaba a Katherine para tener una suculenta charla de tres horas. Pero aquel anciano de intenciones sabias no comprendería nunca el contexto de Guillermo. Pero eso sí, con sólo verlo, y con ayuda de la teoría, predecía el triste desenlace de esos cafés constantes.

La tarde definitiva, el anfitrión, mientras limpiaba el mobiliario del establecimiento, logró escuchar el discurso de rechazo proferido por Katherine. De reojo notó que sus iris color miel, siempre radiantes y calmos, se acorazaban en una incertidumbre lacrimosa. Imaginó que por esa voz dulcísona y conquistadora, el impacto sería más hiriente para Guillermo.

“Perdóname, pero me va a resultar incómodo verte de nuevo. No puedo corresponderte. Creí que eras diferente… ya no sé qué pensar de ti” y Katherine abrió su cartera para extraer el dinero que pagaría su propio café, y tras ponerlo en la mesa, tomó su bolso y sin vacilar se fue, incapaz de mirar al joven a los ojos. Le habían brotado las ojeras típicas de una revelación indeseable. Él sólo escuchó, con la boca cerrada, y se quedó quieto, cabizbajo, sin seguirla con la mirada a través del cristal de la cafetería.

“Mis condolencias, buen hombre. Pero ¿qué más da?, había que intentarlo” el anciano le dio unas palmadas en la espalda. Guillermo le dirigió unos ojos ligeramente enrojecidos, pero sonriendo en un inconfundible esfuerzo por contener la vorágine que habitaba su corazón.



Era un individuo distinto el que iba entrando a su departamento. Un Guillermo saturado de una maldición, esta vez denominada Katherine. Había aprendido inexorablemente a construirse una identidad diferente en cada chica que había aparecido en su vida y que le había gustado. Todas esas identidades de él convergían en un tablero de corcho de 90 centímetros de ancho, donde hasta el momento estaban insertadas las fotografías de doce chicas, y objetos o notas que le recordaban a ellas.

Rió para sí, cuando recordó que empezó a practicar baloncesto a causa de Hayley; volvió a su memoria toda la comida rápida que puso a su sistema digestivo en aprietos cuando estaba enamorado de Claire. Suspiró cuando posó la mirada en la caja de cigarrillos amarillenta, inconfundible referencia de Helga, cuyos dientes fabricaban una hermosa pero pestilente y nicotínica sonrisa. Había debajo de la fotografía de Anne un recorte del anuncio de una exposición de cine francés. Anne había sido una de las más entrañables; su percepción acerca del erotismo y las expresiones del amor siempre le tenían absorto. Su pasión por el arte en ese contexto lo contagió a él, a tal punto que ella le llamaba en sueños, gimiendo su nombre en sutileza angelical. Cruzó los brazos ante el tablero, sentado en una silla de escritorio con ruedas. Le dolía el hecho de nunca haber sido digno; más aún por las alteraciones en su persona.

Pero eso tuvo el significado final de que siempre había obtenido lo que quería. Su negativa. Un “No” que sonaba igual en todas ellas, y lo había convertido en el alimento de su alma, corrompida por la confusión y la soledad. No volvería a buscarlas, porque era un hombre práctico que desmenuzaba lo que quedaba de sus musas y lo convertía en poesía. No volvería a buscarlas porque también las tenía presentes con él.

Había recolectado como había podido un par de cabellos de cada una en tubos de ensayo, y había investigado los perfumes que utilizaban; agregó a esta disciplina la conservación de cualquier servilleta que pudiera haberse restregado en sus labios.

Ya no le importaba volverse loco a esas alturas de la vida. Ya había sentido el momento crucial, en que la esencia de la vida se extingue y se adquiere un porvenir difuso e improvisado.

Hizo un espacio para Katherine en el tablero, e insertó también la servilleta que ella había usado en el último café. El dueño, por la evidencia del asunto, decidió no preguntar nada cuando se la llevó.

Se desveló produciendo ese arte íntimo que le  desgarraba la cordura, con un bolígrafo de punto fino y una libreta de pasta dura, tan avanzada y desgastada como la esperanza que decidió no tener nunca. “Sublime. Buenos versos. Dulces sueños, Katherine” terminó su obra, casi a las cuatro  de la mañana, agregando un retrato de ella del tamaño de una página.

“Buenas noches, Mackenzie”, “Dulces sueños, Victoria”. Diría las noches definitivas, separadas seis meses una de la otra, ya después de lo sucedido con Katherine. Y al terminar de decir “Victoria”, el malestar comenzó. El torso completo se le comprimió, como si las costillas le aprisionaran con fuerza los órganos. Su abdomen se puso tenso, y sintió un movimiento dentro, ascendente. Se quitó la camisa para descubrir qué era lo que pasaba, y detectó, debajo de su piel, ya trepando a la altura del corazón, una mano huesuda y alargada. Sentía las falanges rozando su interior, dejándole una sensación extraña, entre cosquillas y heridas.

Cuando la mano escaló a su cuello, impidiéndole la respiración, se sujetó en el escritorio, para después sucumbir a las ganas más terribles de vomitar. Y aquello salió, un líquido más oscuro incluso que la tinta de su libreta, que se dispersó por el mueble, manchando hojas de papel, frascos y tubos. Impresionado y aterrorizado, Guillermo se desvaneció, cayendo semiconsciente. Sus extremidades se agitaban sin control. Escuchaba los objetos del escritorio sacudiéndose, haciendo un ruido de quien toca a una puerta repetidas veces.

El silencio de la noche fue atravesado por los agudos colapsos de los recipientes de vidrio, liberando una fragancia mixta por los perfumes de todas. El líquido oscuro, que lucía más denso, se asomaba en la superficie del escritorio, como observando al vulnerable Guillermo, que ya no tenía fuerzas para huir. Cobraba forma, mientras descendía lentamente, para reptar por el suelo hacia él.

El líquido mostraba crecimiento de cabello, y unas extremidades cada vez más definidas. Se aproximaba al inerme Guillermo. Emergió una mirada, de color indefinido, múltiple. Desarrolló un par de piernas que le permitieron una postura humana. Su forma final era una mujer, con la piel grisácea y agrietada. Guillermo la contempló, asombrado. Ella puso uno de sus pies en el tórax del joven para ver si estaba vivo. Cuando vio que así fue, se arrodilló hasta estar cara a cara con él.

“Gracias por traerme a la vida” dijo ella, con una  sonrisa que no pudo asegurarle una buena intención a Guillermo.

Y la mujer acercó su rostro al de él, para acariciar sus labios dulcemente. Era la textura más enloquecedora que Guillermo nunca había probado, y la recibió feliz. No tardó en percibir el efecto corrosivo de su saliva, que empezó a destruir su interior en dolorosa eternidad. Un placer tan aberrante que vivió hasta el final en el beso de la mujer que había nacido en sus artificios.

Guillermo no vivió para percatarse de que los tubos de ensayo siempre habían estado vacíos y el tablero de corcho estaba plagado de fotografías de un horizonte ausente. Desde siempre había vivido en esa hipnosis que le esclavizaba para morir por la voluntad de un Súcubo que vio el propio apetito satisfecho en aquel sufrimiento afanoso y repetitivo.





Por: Vic C. Frías




martes, 13 de junio de 2017

La Decena Imposible II


¡Hola!, te comparto la recopilación de Diez breves textos, para continuar con el contenido que hace alusión a su nombre, La Decena Imposible. Para conocer la Primera versión, puedes visitar el siguiente enlace: La Decena Imposible I Espero lo disfrutes y te aporte una buena experiencia.



La Decena Imposible II


I
Él comprendió aquella noche que ir ataviado
con la intención primordial y ejecutar el
procedimiento del cortejo al pie de la letra
no hacía más que repeler la auténtica aprobación de ella,
y que si seguía así hasta llegar a viejo,
quizás habría conseguido despojarla de sus prendas,
pero al recordar su juventud sólo sentiría
el hálito amargo de no haber aprendido a amarla.


II
Qué más quisiera que encontrarte, fémina,
para perderme en tus anhelos y virtudes
y sucumbir a tus hipnosis no deliberadas,
esas que emergen de tu intelecto al conversar
y que mis fantasías son incapaces de fabricar solas.
Para borrarme de mi mundo…
para habitarte a ti.


III
Sería demasiado aspirar a sus afectos, Señorita;
inconcebible y peligroso para existencias fugaces como la mía.
Por eso quiero sufrir sus encantos en silencio,
y no desenamorarme nunca.
Pretendo ese trato tangencial,
en que mi sentir no le incomode,
donde usted sea libre,
en esta lejanía consensuada,
donde sea yo capaz de censurar
todas mis pasiones, y que usted no lo sepa.


IV
Heme aquí, lidiando con el capricho de imaginarte,
invadido por tu mirada franca, por el manjar
de tus charlas, por tu inteligencia sin prejuicios,
por ese café de calor inmarcesible,
destinado a unir nuestros espíritus;
por la única interrogante que me obligo a hacerte:
Mujer, ¿Acaso existes?


V
Anegado por el hartazgo y convencido de que
el amor no se le exige a la vida, ni se gana,
y que sólo se recibe con la más expresiva gratitud
en el momento más irónico, tomó con impaciencia
su equipaje, para exiliarse en el Delirio,
donde la soledad es tan ingenua que uno sonríe
y ni siquiera se molesta en preguntarse porqué.





VI
Ella no podía estar más frustrada y desconcertada
ante ese hombre al que no le interesaba
conquistar su cuerpo; un heterosexual sin intenciones
diferentes a la de conseguir una amiga.
No sabía si odiarlo, por no detectar en él las razones
que eran obvias en los demás hombres,
o volverse loca, porque no lograba culparlo de nada.
Porque apreciarlo no era la opción… no existía tal opción.


VII
Para encontrarse con la Máxima expresión de uno mismo,
y lograr lo inimaginable, hay que ahogarse en la adversidad,
enamorarse sin correspondencia, vivir sin pasado ni futuro,
alojarse en el umbral de la desesperación…
y enloquecer disfrutándolo todo.


VIII
Ella tenía el frívolo talento de invadir sus pensamientos
con la frecuencia que le venía en gana,
y al no poder tomar él las riendas de la propia razón,
ahí estaba, confundiendo la vida con la maravilla
de un agotador ensueño.
Bendecía las noches repletas de ese melancólico insomnio,
porque así sentía más el existir
que en las carencias diurnas de su humanidad.


IX
Al contrario de lo que había esperado,
me reconfortó la negativa de Ella.
Fue un vaticinio de noches pacíficas,
sin tener que lidiar con el demonio del Deseo;
se desintegró una realidad de incertidumbre.
Su negativa… el gesto que siempre había necesitado
de su parte, para comenzar a llenar
los vacíos de mi identidad.


X

He trazado mis ensueños en el hábito de pensarla
ahí donde se agolpan mis desolaciones felices,
las que la construyen a Ella.




Por: Vic C. Frías




viernes, 9 de junio de 2017

MicroRelato - La Nueva Creación


Buen día Amigos, les comparto un nuevo MicroRelato que permitirá a sus imaginaciones volar un poco. Espero lo disfruten mucho, ¡Muchas Gracias!


LA NUEVA CREACIÓN

-

Ese trance abismal les arrancó la identidad hasta dejarlos en la manifestación más pura. Las almas, ahora convencidas únicamente de la Creación que las unía, atestiguaron la escena definitiva.

Era el instante de la eternidad en que la Vida declaraba su victoria en una guerra ignota y tan larga que ninguna memoria era capaz de trazar sus límites; se edificaba en la desolación inorgánica una nueva existencia, constituida de las maravillas más difíciles, que nunca se habían logrado en la humanidad.

La presencia divina emprendía un nuevo fulgor en ese mundo oscuro; una luz acertada y próspera. Y un infinito vigor de fotones lo inundó todo, saturando las esencias de las almas espectadoras.

Despertaron cada uno en su sitio geográfico, con los pensamientos hechos unidad, y el conocimiento del propósito que la visión les había delegado. Ya sabían qué hacer.






Por: Vic C. Frías



viernes, 2 de junio de 2017

Artista Urbano


¡Hola Amigos!, les comparto un nuevo Relato de Horror. ¡Espero la pasen bien entre estas letras!, estaría genial que me dejaran su opinión en los comentarios. ¡Muchas Gracias y Saludos!


ARTISTA URBANO



-¿De dónde sacaste dinero para comprar esa computadora? –preguntó la madre, extrañada.

-De mi trabajo. Por suerte, me ha ido tan bien que pude pagarla al contado –respondió Jaime, concentrado en el software de diseño gráfico que acababa de instalar. Preparaba su siguiente obra para un muro en el exterior de un centro cultural.

-Anoche llegaste muy tarde, ya no quiero que andes con esos amigos tuyos. Me dejas con el alma en un hilo –dijo la señora, con voz trémula.

-Hasta la una de la mañana terminamos el mural del puente. Ya estaba pactado que estaría listo para hoy. Si no, el pago se retrasaría por un día –Jaime volteó hacia ella para explicarle. Sentía en aquella mirada la aversión de siempre a su oficio. Ya estaba acostumbrado a ignorarla. Mientras generara un buen ingreso para cooperar en los gastos de la casa, estaba en su derecho de mandar los juicios ajenos al carajo.

-No te creo… llegas temprano hoy o me pongo a investigar lo que haces en las noches, así me implique ir a espiarte para descubrirte en alguna cosa ilícita. Déjate de ese cuento de que ganas lo que ganas por rayar paredes nada más. No soy estúpida. –y la madre se retiró, de manera abrupta, con aire triunfal, antes de que él pudiera argumentar cualquier cosa. Solía hacerlo seguido, porque su hijo era bueno derribándole la posición en las discusiones, y ella era mala perdedora.

-Vieja loca… nunca comprenderá –repuso él para sí, volviendo a sus asuntos. No le preocupaba que su madre se inmiscuyera en su trabajo; de hecho, era mejor que lo hiciera, para que viera el esfuerzo que le costaba; que no se trataba de cualquier cosa.

Esa noche le fue imposible atender la petición de su madre, y llegó a casa a las dos de la mañana, con un cansancio estupendo y los bolsillos llenos; como debía ser. Ella lo estaba esperando en la penumbra de la sala, con una mirada fija y densa. Encendió la luz, y le dio la instrucción de acercarse al sofá donde estaba ella.

-Te dije que temprano, y no fuiste capaz de obedecer. Mañana mismo voy a estar siguiéndote para ver en qué mierda… -decía ella, pero calló ante el fajo de billetes que sacó Jaime de su bolsillo para dárselo, inmutable.

-Es mi aportación semanal. Va una cantidad adicional; me fue mejor esta vez –respondió el joven, para después quitarse la gorra y restregarse la cara. Como no tenía ánimos para discutir, le dio la espalda y se fue a su habitación.

-Ya vete a dormir –ordenó en última instancia la madre, para no quedarse con la boca cerrada. Siempre buscaba la oportunidad para ejercer sus hábitos absurdos.

Jaime tenía la ambición de convertirse en el artista urbano más versátil y talentoso, y esa noche dormiría con la certeza de que su vida ya tenía una trayectoria exitosa para él.

Con el tiempo, a la madre le incomodó el vigor con que él empezó a levantarse por las mañanas, y la alegría con que llegaba a casa después de la jornada. Eran probables demasiadas cosas; tal vez estaba consumiendo bebidas energéticas o sustancias nocivas, o se estaba volviendo loco con las recompensas de ese trabajo fácil, o peor aún, había conseguido una novia. Ella optó por contemplar todas las opciones al mismo tiempo, y actuar al respecto.

Una tarde, mientras el joven no estaba, la madre entró a la habitación en busca de algo inusual. Encontró planos, bosquejos, blocks de dibujo con hoja protectora de papel cebolla, lápices de diferentes graduaciones, pinceles, godetes y botes de pinturas acrílicas de medio litro. Ni siquiera quiso tocarlos por la repulsión que le daban los oficios como ese, que provocaban que los jóvenes perdieran el camino y huyeran de las profesiones. Insatisfecha, y al no saber dónde podía encontrarlo, recurrió a una amiga suya que presumía ser vidente.

“Vidente Obsi-Diana” decía el letrero afuera de aquella casa. Sobre la banqueta, junto a la entrada, había un caballete con una pizarra negra, que tenía escritos con tiza todos los trabajos que se ofrecían en ese establecimiento. Al final estaba la leyenda “Programa una cita” y un número telefónico. Como ya sabía a lo que iba y le daba pereza leer, la madre entró directamente.

Estaba a punto de averiguarlo; su cabeza procesaba todas las posibles actividades en las que pudiera estar involucrado el joven para sostenerse tan bien. Lo imaginó como traficante de cuanta cosa ilegal se le ocurría, como asesino a sueldo, como esclavo sexual, espía e informante, y muchísimas otras cuyas imágenes detuvo al sentir el retortijón de la incertidumbre. Sabía que tendría razón al final. Siempre la tenía.

Entre la recepción y el cuarto de actividades esotéricas, había un telón rojo grueso. Y más allá, una especie de cascada de pequeñas cuentas colgantes. Había una quietud de esas que son muy frecuentes en esos locales, y más en la actualidad, cuando ya nadie tomaba en serio esos servicios. Había un denso olor a incienso, y repisas con artículos coloridos y cristalinos, todos a la venta.

Iba saliendo un anciano del cuarto de la vidente, con una piedra blanca en una mano y una hoja amarilla tamaño esquela en la otra, sobre la cual mantuvo unos ojos atónitos el resto de su camino a la salida, como si fuera un paciente estudiando la receta del médico.

La madre aprovechó para entrar, atravesando la cascada de cuentas, y saludó a su amiga Diana, una mujer alta, de facciones afiladas, labios anchos y pestañas estiradas, que apoyaba las manos sobre una mesa en cuyo centro había una esfera de cristal blanca, rodeada de un tiradero de diminutos amuletos.
Incluso antes de abordarla, Diana detectó algo en la recién llegada. Se levantó para devolver a su lugar los objetos que había utilizado en la sesión anterior con el anciano, y se acomodó ante la mesa, preparada.

-Amiga, ven a sentarte. Permíteme distinguir qué es lo que contamina tu vida en estos días. Mírame a los ojos, por favor –indicó Diana, entusiasmada por el primer caso de la tarde que podría valer la pena. Estaba entrenada para la visión áurica y la manipulación de cristales de cuarzo para la disipación energética. Además, tenía diplomados en bioprogramación, reiki y ascensión espiritual; sin embargo, el campo verdadero en que se desempeñaba estaba infestado por humanos que se agolpaban más por el impulso del aburrimiento que por un malestar.

La tomó de las manos para tener un contacto más revelador, y así avanzó en la construcción de un panorama sobre el cual trabajar. Los ojos de la anfitriona se llenaron de un horror creciente, y ésta no dudó en enlistar varias instrucciones determinantes en una hoja amarilla, idéntica a la que llevaba el anciano de rato atrás.

-¡Imposible, hay una perversa sombra al acecho de tu hijo, se fortalece con un odio que, por lo que veo, ha evolucionado! –dijo la vidente, bañada en un gélido sudor, impactada por la visión. Escribió, con una mano regida por su comunicación con el más allá, un renglón de garabatos enloquecidos, agresivos. Afortunadamente, eran legibles. Se trataba de una dirección, no muy lejos de casa, bajo un puente que se alzaba sobre una avenida poco concurrida.

“Lo supe desde el principio”, pensó la madre, alzando una ceja, invadida por ese acierto que le envanecía. Su instinto maternal nunca le había fallado, y estaba decidida a llevar de vuelta a casa a ese joven tan irreverente que era su hijo, para corregirlo de una vez por todas, y dirigirlo a una Universidad para que comenzara la vida correcta, una vida llena del éxito que ella quería para él.

-Ya se encuentra muy cerca de él, puedo sentir su intención, ¡ten mucho cuidado, porque se trata de una entidad invasiva, que puede hacerle daño en cualquier momento! –la vidente comenzó a tener tal agitación que empezó a hacer vibrar la silla. Al no soportar más la presión, cerró de inmediato la sesión y entregó lo necesario a la mujer. Ya no había tiempo.

La señora salió de la casa de Obsi-Diana, con ojos desbordados por una emoción incontenible. Caminó lo más rápido que pudo, persiguiendo su objetivo. Sabía exactamente la ubicación del puente, y que quería aprovechar la luz del atardecer para descubrir a aquél joven fracasado delinquiendo, y para humillar de una vez todos los esfuerzos de él por mentirle. Soltó una carcajada inevitable.

La gente que iba en automóvil frenaba súbitamente ante una mujer de edad media que corría con un esfuerzo intimidante, con resoplidos que se escuchaban aún a ventana cerrada. Corría con un afán depredador.

Debía darse prisa. El crepúsculo estaba a punto de asentarse y había logrado divisar a una persona bajo el puente. Debía ser él, el malhechor que tenía por hijo, ese desgraciado que la hacía ver mal ante la sociedad; ese crápula, malviviente, que la hacía sentir la obligación de permanecer en casa para no ser bombardeada con los prejuicios de sus alrededores.

Por ahí estaba, escondido; ella lo sabía. Esa vez lo atraparía. Por fin llegó ante la pared debajo del puente donde lo había visto. Esa era la ubicación exacta que le indicaban los garabatos en la hoja amarilla tamaño esquela.

Una pared pintada de un negro abismal… era lo que tenía enfrente. No se distinguía el material de construcción. Era tan oscura que parecía un túnel. Y más aún, por un punto blanco en su centro. Aparentaba una profundidad indeterminada que llegaba a provocar vértigo.

Ese punto blanco… daba un antojo tremendo tocarlo… había una tentación indecible por cubrirlo con un dedo, o toda la mano, para apreciar la negrura total y dejarse envolver por ella. La mujer, aún jadeando por la persecución que estaba a punto de ser exitosa, puso la mano sobre la pared, y sintió la textura.

Sobre el punto blanco se sintió una superficie aterciopelada, que para cuando ella se dio cuenta, ya la había enajenado sobremanera. Sintió un impulso hacia adelante, una atracción imprevista, y se sintió rodeada de más superficies iguales. Estaba a oscuras, dentro de un armario. Un olor mixto a pátina y detergente perfumaba su entorno.

Quiso retroceder pero se encontró con el fondo del armario. Sólo le quedaba abrir la puerta para ver dónde estaba. Logró abrirla con violencia, logrando tener un brazo fuera, pero algo la succionó, para retenerla dentro.

“Hazlo, Martín, lo tenemos” –dijo Jaime, en una llamada por teléfono. Junto a él, atestiguaban el momento sus amigos artistas con sus respectivos padres; los últimos tenían los rostros demacrados, pálidos, con una mirada de no saber siquiera su propia identidad, y de no haber comido en varios días. Pero a partir de ese momento, recuperarían todo conocimiento.

“Entendido” –respondió Martín, que había estado escondido cerca de la pared bajo el puente, con una lata de aerosol negro en una mano; se apresuró a cubrir el punto blanco con el contenido, hasta que la oscuridad fue absoluta.

Después de haber visto aquella mano blanca y alargada, emergente entre las prendas en el armario del museo y quedando atrapada para siempre, Jaime abrazó a su madre, disculpándose por no haber sospechado nada desde el principio. Ella siempre había confiado en su Talento.

Semanas más tarde, los padres se percatarían de la magnitud del legado demoníaco que permanecía en sus vidas, al encontrar a sus respectivos hijos sollozando en los interiores de sus armarios, diciendo: “¡Señores, él me ha quitado todo lo que tenía, ayúdenme, no sé quién soy ni qué hago aquí!”, y escuchar simultáneamente, al frente de la casa, una voz idéntica que decía: “¡Ya llegué!”.





Por: Vic C. Frías