jueves, 6 de abril de 2017

¡Qué bendición!, Es niña


Hola amigos, les comparto este nuevo relato de Terror, con un toque un poco más siniestro, y que se manifiesta en nuestro día a día. Gracias y Saludos!

¡QUÉ BENDICIÓN!, ES NIÑA


El hedor casi sulfhídrico la despertó en la mitad de la noche. Era usual percibirlo cuando la bebé comenzó la etapa de lactancia. Golpeó con el codo a su lado, donde su marido dormía, y no hubo respuesta. “No sabes ni levantarte a cambiarle los pañales a la bebé, desgraciado” pensó, dirigiendo la mirada al bulto que la acompañaba en la  cama.

Se levantó dando un respingo, y al llegar a la habitación de la niña preparó un pañal nuevo, talco y pomada para las rozaduras. Encendió una tenue luz que se regulaba con un botón con forma de flor, anexa al barandal de la cuna. La recién nacida dormía plácidamente. La madre revisó el interior del pañal con los dedos. Estaba seco y limpio. Falsa alarma. Dejó los insumos en un rincón de la cuna, para acariciarle la cabeza a la criatura, que se estremeció reconfortada y feliz.

“Todo lo que nos costó estar aquí, juntas, nunca se lo podrá imaginar ese hombre. Nos acompañaremos toda la vida, hija mía, pase lo que pase” decía en un susurro, disfrutando entre sus dedos los gráciles cabellos de la bebé. Le dio un beso, e inhaló el gentil aroma de las diminutas prendas, relajante y angelical.

Al volver a la habitación principal, recordó el olor que había perturbado su sueño. Estaba ahí, confinado en ese único recinto, envolviéndola y ardiendo en su nariz. Cerró la puerta para que no escapara hacia la bebé, y encendió la luz.

Encontró el montículo de su marido, tiñendo las sábanas de un extraño color rojo óxido, amarillento. Estaba inmóvil. Ella le dio un par de golpes en los tobillos para que se despertara, y nada sucedió. Le descubrió los pies para hacerles cosquillas, y encontró en ellos un tono gris, seco. Inquieta ya, quitó violentamente las sábanas, para encontrarse con un cuerpo putrefacto.

Pero no reaccionó con un grito invadido por el pánico. En lugar de eso, la sangre le hirvió de vergüenza ajena y fastidio, acompañados de una sensación de “ya me lo esperaba”. Lo primero que hizo fue examinarlo. Yacía sobre su costado izquierdo. En la mano expuesta sostenía un arma. La había usado para dispararse en la cabeza… tres veces. Ya estaba rígido y frío, y los ojos estaban vidriosos y nublados. De la boca emergían los primeros insectos. Había ya colonias establecidas.

La otra mano, al borde de la cama, agarraba un sobre blanco arrugado. Ella lo sustrajo sólo con pulgar e índice, por la creciente repulsión que sentía. Lo abrió y encontró la carta. Esa carta que a final de cuentas no tenía significado ni relevancia para ella. Era una nota de suicidio.

Hay suficiente dinero en la cuenta para que las dos vivan felices hasta que la bebé salga de la Universidad. Creo que es lo único que puedo hacer como hombre. No puedo hacer más. De todos modos, puedes desecharlo; con lo que ganas en tu trabajo es más que suficiente. Tienes razón; no me necesitas, y me es imposible imaginar por lo que pasaste al dar a luz a la pequeña. Qué tonto fui cuando pensé que ser bueno y apoyarte de corazón bastaba para hacer una diferencia. Es que a final de cuentas, sólo soy un hombre; no importa lo que haga. No tiene caso. No voy a vivir en un mundo en el que no pueda yo hacer algo para remediar tu malestar y tu dolor; dolor del que tengo la culpa y nunca sabré porqué.

P.D. Ya tienes a tu hija. Se cumplió tu deseo”.


“Qué bendición que sea niña. Será una mujer divina”, pensó ella, considerando que si hubiera tenido un bebé varón, tendría que ponerse cianuro en el pezón a la hora de amamantarlo.






Por: Vic C. Frías




lunes, 6 de febrero de 2017

A través del fuego




A TRAVÉS DEL FUEGO

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El esplendor de las llamas me purificaba. Contemplaba, en un suspiro que me estremecía el cuerpo, aquel mueble reclinable al que rocié con gasolina y provoqué un incendio en un terreno lejano. Atesoraba ese momento, disolviendo en el fuego los traumas que se habían arraigado en mí. Pero no tardé en llegar al punto de desconfiar de la efectividad de ese fenómeno. Seguía sintiéndome intranquilo; los recuerdos del abuelo llegaban a mí a través de ese aire impuro.

Lo había conocido en una avanzada edad, de pasado ignoto y carácter incierto. En ese principio había sido un sujeto interesante. Me había compartido historias de guerra, de enemigos despiadados que habían mutilado a sus compañeros del ejército, de esas incontables supervivencias que habían dejado de ser deseadas en el momento en que se quedaba uno solo en el campo de batalla. De las mujeres que habían llegado a amarlo, y que se habían ido a la tumba pensando que estaba muerto.

En otras ocasiones me había abordado con historias románticas. Contó que se iba a la plaza a que le bolearan los zapatos y leer el periódico, levantando la vista para divisar alguna hermosa chica. Y que así había conocido a mi abuela, con la que vivió varias décadas en una pacífica casa de dos pisos, con balcón en el superior. Por las tardes, ella regaba las flores de la jardinera y él se ponía a leer realismo mágico con unos diminutos anteojos que sólo servían para eso, y un habano sin encender en la boca. Sólo para no perder el estilo, decía.

Nunca supe qué historia creerle; la abuela llevaba tiempo difunta, y a él lo retiramos de un asilo después de que el hospital nos llamó para informarnos que su salud estaba delicada a causa de un infarto que le ocurrió en un incidente. Había perdido el control y comenzado a pelearse con otro anciano por razones que no quisieron decirnos por fines prácticos. El otro anciano falleció dos días después por uno de los fuertes golpes que había recibido.

Cuando lo acogimos en nuestra casa, no sabía si compadecerlo o simplemente hacer mi trabajo de cuidarlo. Para comenzar, me enfoqué en monitorear sus estados. Mis noches cambiaron radicalmente. Empecé a escuchar un jadeo seco que denotaba incomodidad. Era a veces tan fuerte que a veces hasta parecía que carraspeaba.

Acudía a ver si se encontraba en un calmo ensueño, y así resultaba. Su respiración era ligera, quieta. Llegué a pensar que lo hacía para llamar mi atención. Cuando me relataba sus historias, le decía que no se esforzara mucho y que controlara sus inhalaciones. Me sorprendía la vitalidad con que exponía su vida (¿o sus vidas?).

Una noche, ese jadeo tan extraño se escuchaba tan violento, estruendoso y molesto. Y me levanté rápido para colocarle la máscara del tanque de oxígeno. Ni siquiera invertí tiempo en encender la luz. Cada segundo valía para regular sus signos vitales. Mi madre lo hizo cuando ya había cesado todo. Y nos percatamos de que ya estaba muerto. Sus extremidades ya estaban frías. Los pliegues entre las cejas bien acentuados. Y los ojos arrugados en una manifestación de dolor.

En su funeral, mantuvimos el féretro cerrado por respeto a su último momento de agonía.
Al terminar y llegar a casa, recibimos la noche en melancólica quietud. Ya aquella senectud sufrida había llegado a su fin. Y tuvimos una pronta resignación, deseando su felicidad en la vida eterna.

Ah, pero cómo anhelamos desde esas oscuras horas haber sabido la verdad sobre su vida, y qué males lo perseguían, e incluso porqué se había peleado en el asilo. Estaba yo inmerso en mi sueño, cuando volví a escuchar ese espantoso y repulsivo jadeo. Me dirigí vacilante a donde solía reposar el abuelo. Me estremecí ante la imagen vacía del mueble reclinable, acompañada de ese incesante sonido. Ese sonido… ¡Ese sonido, maldición!

Me preocupa que el fuego no pueda defenderme de eso… no me atrevo a preguntarme qué es… ¡no me atrevo!

Sentí un eco en el calor de esa combustión. Era el alma incansable del abuelo. Sentía como si su mano etérea, hecha de agónicos gemidos, me apretara el estómago, y encajara sus uñas hasta rasgarme por dentro.


Era esa difícil respiración, demasiado clara entre las llamas… se convirtió en una risa áspera, que aceleraba un poco más, ¡hasta la medida de una carcajada demoníaca!.






Por: Vic C. Frías












domingo, 16 de octubre de 2016

Planta piloto


Hola Amigos, les comparto un nuevo relato de terror, espero sea de su agrado y pasen un buen rato entre estas letras. ¡Saludos y que sigan Excelente!


PLANTA PILOTO

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-Estoy exhausta, pero ya terminó la temporada fuerte en la oficina. Hoy celebramos yendo a cenar y beber un poco –Verónica se dejó caer en la cama para quitarse los zapatos de trabajo y retiró las medias de sus piernas con un hilarante forcejeo. -¿Qué tal te fue a ti, amor? –preguntó a su esposo, incorporándose para liberar los botones de su blusa.

-No va nada mal, querida; las pruebas nos dicen que los rendimientos reales no distan tanto de los calculados Y talvez para el próximo semestre consiga unas clases por la mañana con los universitarios –dijo el Ingeniero Márquez, notando las pupilas dilatadas de Verónica, por el gusto de verlo después de tres semanas de turnos nocturnos.

Ella recorrió la cama con las rodillas hasta encontrarse con él. Le rodeó el cuello con los brazos, y él respondió sujetándola por la cintura.
-En un par de meses ya podremos programar nuestras vacaciones. Podríamos ir a la playa, para ir en bote a una isla para explorar, o a bucear juntos. Podríamos hacer tantas actividades que se nos olvidará que la vida laboral nos trata de esta manera.

-Un par de meses, nada más. Resistamos. –Sonrió Márquez, y cargó a Verónica para arrojarla puerilmente sobre la cama, y ambos terminaron con los cabellos enmarañados al declarar una guerra de almohadas. Cayeron rendidos y la ropa de trabajo siguió sin poder ser cambiada.
Durante la noche, Márquez despertó como respuesta a una extraña sensación. Sus párpados se abrieron en la negrura para descubrir un creciente presentimiento. No sabía de qué naturaleza era, sólo llevó el teléfono celular consigo. Fue al baño para mojarse un poco la cara, y contemplar bajo la luz de éste el dulce ensueño de Verónica, y la ternura de su sostén asomándose entre la ropa de oficina.

Fue a la cocina para servirse un vaso con jugo de naranja, y se sentó ante la mesa del comedor, expectante sin saber por qué, ansioso y restregándose la cara. Suspiró y bebió el primer sorbo. Al dejar el vaso, su celular comenzó a vibrar. El identificador de llamadas arrojaba un número conocido. El de su oficina, dentro de la planta donde trabajaba.

-Sí, ¿diga? –respondió con desconcierto.

-Ingeniero, por favor dígame dónde dejó los diagramas de la planta. El sobreflujo de una celda de flotación viene sin reaccionar.

-¿De una celda de flotación?; aguarde. Esa planta apenas se considera un proyecto piloto. Las pruebas acaban de terminar ayer y comenzará a haber negociación por los materiales.

-Ingeniero Márquez, por favor no esté jugando, perderemos millones si no me dice en qué carpeta me ha enviado los diagramas.

-Le diré a dónde se los envié cuando esté la planta construida y estén trazados. ¡No existen!

-Sé que son las tres y media de la mañana, pero creo que ya tuvo un par de minutos para volver a la realidad, un operador acaba de declarar el estado de emergencia. Desde mi oficina no puedo ver directamente la celda para estar alerta, ¡así que por favor dígame, carajo!

-Aguarde, veo que no nos estamos poniendo de acuerdo. Dígame quién es usted y porqué está en mi oficina.

-Ingeniero Márquez, soy Gustavo Torres, usted fue mi profesor en el Tecnológico dos semestres, y soy ahora su subordinado directo. Estoy en Mi oficina ahora, usted fue promovido hace cinco años. La planta de Flotación comenzó a producir hace cuatro, se manejan tres metales pesados diferentes.

-Mierda, Gustavo, eso no ayuda en nada. Nunca en mi vida he dado clases.

Y el Ingeniero Márquez tuvo un recuerdo tormentoso, como sumergirse en el lago más helado y oscuro. Durante la tarde de esa jornada laboral, uno de sus compañeros de trabajo le había regalado un reloj de pared, como detalle tardío con motivo de su cumpleaños que había sido semanas antes. Al recibirlo, lo estudió maravillado por lo delicado de las formas grabadas en la madera. Era un auténtico y antiquísimo diseño, y vio las manecillas avanzar a ritmo consistente. 

“Muchas gracias, Abelardo, lo colgaré en la oficina” dijo, despidiéndose del otro ingeniero, un hombre con sobrepeso, con bigote abundante y sonrisa amplia. Lo que no esperaba era que las manecillas se detuvieran un rato después. Se percató de ello cuando el ambiente le pareció demasiado silencioso, y al salir de la oficina descubrió que ya sus colegas se habían retirado, y todo estaba apagado. Tanto ese reloj, como el de su computadora y el de su celular, se detuvieron en la misma hora. Al llegar a casa corrigió el del último. 

No tenía explicación el hecho de que los tres dispositivos quedaron estáticos, mostrando la misma hora. Y para no invertir tanto esfuerzo a pensar en ese asunto sin relevancia que a cualquiera pudo haberle pasado, declaró culpable al reloj de regalo. Al salir de la oficina, lo miró por última vez, y tuvo la impresión de que lo miraban de dentro. Cerró con llave y se fue a paso rápido.

-Gustavo, tienes que escucharme. Tengo una pregunta para ti. Cuando te entregué la oficina, ¿olvidé llevarme algo?

-Sí, Ingeniero, un reloj de pared muy viejo que ya ni sirve, pero siempre que se lo menciono me dice que ahí lo deje o me cambia el tema drásticamente.

-Quiero que lo rompas. Sal a la planta y arrójalo desde la plataforma más alta. Por favor. Lo de los diagramas lo vemos más adelante.

-Está bien, Ingeniero – dijo Gustavo, que con una inocente decisión tomó el reloj de la oficina, y subió la escalera, con teléfono celular en una mano, y el regalo en la otra.

El Ingeniero Torres arrojó el antiguo artefacto desde la plataforma más alta, en una noche de un tiempo que ni siquiera había ocurrido, y mientras eso caía, se reportó con Márquez.

-Está hecho, ahora veamos lo de los Diagram… -decía Gustavo. Y se hizo el silencio.

El celular de Márquez no marcaba ninguna llamada reciente. Él se quedó atónito por un momento, sin saber si había alucinado una conversación telefónica, o si de verdad había conversado con alguien del futuro.

Se escuchó el ruido de una aparatosa ruptura. Y al acercarse, lo vio: el reloj antiguo hecho pedazos, en la mitad de su sala. Márquez se arrodilló para verlo, temblando de espanto, sin saber qué esperar de ese hecho. Mientras reunía las piezas, dispuesto a quemarlas, levantó la vista y vio una figura negra, de una estatura intimidante, que se encorvaba para observarlo. Y se esfumó a través del vidrio de la ventana.

Él corrió a la cocina en busca del encendedor, y salió a la calle para someter esos restos malditos a la purificación del fuego. Y mientras las flamas hacían su trabajo y su mente se sentía más ligera, Verónica salió, con la melena revuelta, descalza y con los brazos cruzados.

“¿Qué pasa, cariño?” preguntó ella, entrecerrando los ojos para evitar la luz urbana.

“Nada. Ya no pasa nada…” fue su respuesta.

Al volver a su oficina el siguiente día, su mayor temor era encontrarse con el reloj, dado que él mismo cerró la puerta la noche anterior… y no fue así. La pared estaba vacía. Y no lo mencionó más.
Dos meses más adelante, el Ingeniero Márquez y Verónica gozaron unas reconfortantes vacaciones, y las convirtieron en una hermosa memoria de pareja.
El semestre siguiente, el Ingeniero Márquez inició el curso de Química Inorgánica en el Tecnológico. Y lo primero que hizo fue escudriñar la lista de los alumnos del primer semestre que asistirían a su clase.

“¿Gabriela Cortez?”, dijo, alternando la vista entre las hojas de papel y el aula. Una chica de la primera fila alzó la mano.

“¿Gustavo Torres?” fue el siguiente nombre. Márquez sintió una punzada nerviosa en el estómago. Un joven a dos lugares de Gabriela alzó la mano. Fue impresionante el hecho de haberlo identificado. Sabía que era él desde que atravesó el umbral del aula. “Bienvenido” le dijo. Y registró con el bolígrafo su asistencia en la hoja.


Se escuchó un grito y una agitación entre los alumnos. “¡¿A dónde ha ido?, hace un segundo estaba ahí!” dijo el joven que estaba sentado detrás de Gustavo. El ingeniero Márquez contempló aterrado el pupitre ahora vacío.





Por: Vic C. Frías




¡MUCHAS GRACIAS POR SUS VISITAS!






domingo, 2 de octubre de 2016

Un retrato en la habitación


Buen día Amigos, les comparto un breve relato de terror, espero les aporte toda una experiencia.


UN RETRATO EN LA HABITACIÓN

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El precio que pagué por la casa que actualmente habito fue ridículo, a cambio de que no entrara a la habitación secreta. Sí. Se me indicó que había una habitación escondida en la casa, no establecida en el trazo de las plantas arquitectónicas. Asumí el rol de comprador tacaño y acepté el reto de combatir la curiosidad. No se me describió mejor la restricción, quizá como técnica de mercadeo para evitar mi cambio de opinión. La vendedora de bienes raíces lucía aliviada al cerrar la venta. Me dio la impresión de que la comisión que recibiría era generosa.

Los dos primeros meses sólo utilicé el nuevo hogar para llegar a dormir y despertar apresurado por el ritmo de vida; me fue imposible distraerme para emprender la aventura que tenía como destino, hasta que recibí una especie de “primera llamada”. Una noche, después de sacar las bolsas con basura, mientras cerraba las puertas y los candados, detecté que en el juego sobraba una llave. Se deslizaba en la argolla hacia mi mano, con un siniestro magnetismo. Era diferente, de color cobrizo, con la cabeza estilizada, de cuerpo delgado y extremo con dientes cuadrados pronunciados. En el principio no supe dónde utilizar esa llave, y evité comenzar una búsqueda inútil.

Transcurrieron días para que me sintiera hostigado por una intriga que apenas me acariciaba el pensamiento. Una noche estaba teniendo un sueño en que conversaba con nadie, diciendo incoherencias; y desperté de pie, frente a una pared, con el brazo derecho en ángulo recto, y sosteniendo la llave.

Después de ese caso de sonambulismo, pude notar una marca rectangular en la misma pared. El polvo se había depositado en relieves que conformaban la silueta de una puerta. Cada día me era más difícil obligarme a no investigar la restricción de la habitación secreta, pues la tentación ya me había mostrado el camino.

Llegué al punto de un alucinante insomnio; aun en la cama, mi mano se aferraba al juego de llaves, sosteniendo la antigua. Sentía un poderoso pero silente llamado desde ese lugar de la casa, donde la silueta de la puerta estaba marcada. La llave era una entidad que evitaba a toda costa mi ensueño y me llenaba de impulsos que me orientaban en la única dirección.

No soporté más. Decidí levantarme aquella noche y descubrir de qué trataba aquel factor que se convirtió en una amenaza comercial. Al no encontrar mis pantuflas, me fui descalzo para allá, a paso cuidadoso, con la mano invadida por un hormigueo que se extendía por todo el brazo.

Al detenerme ante la silueta misteriosa, logré ver que había ya una cavidad para la llave. Y al querer introducirla en la penumbra, agaché la cabeza y vi mis pantuflas, con las puntas señalando mi destino. Me dio un escalofrío que me contrajo tanto la piel que me ardía como un montón de pellizcos.

Me dio pavor tocar las pantuflas, así que me aproximé con cuidado. Metí la llave y le di vuelta, para enfrentarme a un recinto silencioso y maloliente, cuya particularidad noté en una primera impresión. Justo frente a mí, en la pared opuesta, había un cuadro colgado, cuyo contenido no podía descifrar aún. Encontré un interruptor eléctrico, de modelo antiquísimo, y lo accioné. Tuve suerte de que había instalación. Se iluminó un interior grisáceo por las capas de polvo que lo saturaban. Había una cama, un pequeño escritorio con una silla de madera, y el cuadro. Logré detectar las formas básicas a esa distancia. Suspiré el aire fresco de la casa para no tener dificultades con el de dentro, y me acerqué más.

Era un retrato al óleo de esos que, bien logrados, miran fijamente a los ojos y comunican lo que el artista quiere. El personaje era un hombre con un traje negro, con una mano sostenida en la espalda y otra entre los pliegues del saco. Con la barbilla en alto, aparentaba buena estatura.

Al acercarme, noté que sus ojos se hacían más notorios, como si se abrieran más, y más. Al tener una distancia de medio metro, su mirada se volvió espeluznante, de alarma. El iris ya lucía pequeño ante la blancura entre sus párpados. Pero ya no me miraba a mí, sino a algo detrás, quizá espantoso, suficiente motivo para un estado de impacto como el que manifestaba.


Giré para ver a mis espaldas. La puerta de la habitación se estaba cerrando. Sentí que mi cuerpo era succionado por una gravedad naciente de las paredes, y quedé paralizado. Lo único que espero en el presente es que alguien abra la puerta que tengo en frente. Ah, y cómo quisiera no saber qué es lo que se postra detrás del que se digne a hacerlo. Desde aquí lo puedo ver, expectante, ansioso, y hambriento.





Por: Vic C. Frías





¡GRACIAS POR SUS VISITAS!





domingo, 18 de septiembre de 2016

Los gatos de inframundo



LOS GATOS DE INFRAMUNDO

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Queridos lectores, tienen ante ustedes la proyección en letras de una genuina manifestación onírica. Viví cada instante de los desarrollados en este relato. Puedo decir, sin lugar a contradicciones,  que fui el protagonista de la historia, y que tal evento se hizo sentir en todo mi cuerpo. Los escalofríos, la paranoia, las ansias y el horror invadieron mi realidad incluso después de haber despertado; tuve también el irracional pensamiento de que el ingrediente activo de mi sueño seguía ahí, acompañándome, postrado ante la cama para atormentarme de nuevo. Tardé diez minutos en alcanzar a disipar el impacto que me causó. Que lo disfruten y vivan toda una experiencia, como un servidor lo hizo.
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Cargué mi mochila con firmeza en uno de mis hombros. Chasqueé los dedos un par de veces para descargar la tensión. Tenía dos predisposiciones principales: estaría distraído con la belleza de mi compañera de clase, y no tendría idea de cómo trabajar en nuestro problemario; quizá sólo cubriría con garabatos mi libreta. Toqué a la puerta y Emma me hizo pasar a su casa. Me invitó a ponerme cómodo en la mesa del comedor. Mientras ella se dirigía a la cocina para buscar un refrigerio qué ofrecerme, eché un vistazo al interior. El piso era de loseta pequeña color crema, lisa, en cuadrícula de línea gruesa. Las paredes pintadas de un innecesario color mandarina. Había una vitrina con vajillas finas. Muebles que alternaban oro y sepia. La entrada era un pasillo corto, que desembocaba en una plataforma. A la izquierda estaba el acceso al comedor. A la derecha, un pequeño recibidor. Al fondo, un arco que llevaba a las habitaciones.

Una de las hermanas de mi compañera estaba también en casa, haciendo sus tareas escolares. No me preocupé por saludarla, pues ignoró mi llegada. Pero hubo un espécimen que estaba más que consciente de mi presencia: un gato negro, de pelaje esponjado, que se aproximaba a mí con sigilo. Tenía una mirada casi humana, podía imaginar una intención en sus pupilas afiladas. Se detuvo a un metro de mí, con la cola alzada firmemente, formando un ángulo recto con su pequeño lomo. Lo miré en silencio; mi respiración empezó a agitarse. Debo asumir que logró intimidarme, si acaso pretendía comportarse territorial.

Emma llegó con una bandeja con galletas y una jarra con leche. Al escucharse el toque entre la mesa y la jarra,, el gato se lanzó sobre mí en un furioso y descontrolado ataque, fuera de toda limitación zoológica y existencial. Me dañó rápido y certero, al punto que me abrió heridas profundas en ambos brazos. Nunca hubiera esperado tal perjuicio por parte de un minino. Emma, un tanto temerosa, otro tanto incómoda, lo tomó en brazos, y aquel animal se tranquilizó, con una hipocresía que me llenó de tal cólera que, juraría, me escapaba por las heridas. Esa bestia me había enfrentado con una fuerza que la hacía lucir más pesada y corpulenta, pero seguía siendo un gato  doméstico.
Emma lo acariciaba con una ternura extraña, que interpreté como antinatural. Sus manos gráciles y pálidas tenían un ligero temblor al hacerlo, como si un difuso tormento le llegara a la mente, y su mirada dormía, abierta e inmensa, enfocada en nada.

-¿Emma, me permites un momento a solas afuera? –Le pregunté, tomando un montón aleatorio de servilletas para sostener el flujo de mi sangre. Ella había quedado pensativa, perdida en algún rincón de una inútil reflexión, quizá instigada por la comodidad de sus manos en el caprichoso pelaje del gato -¿Emma, por favor? –Insistí, alterado. Ella reaccionó, y yo la tomé de la mano. Tuve la fortuna de que despertó de su trance y me siguió, soltando al gato.
-Avisa a tu hermana que estaremos afuera –Solicité, y así hizo ella, con voz de temprana embriaguez. La hermana respondió. Yo no quité un solo instante la vista de aquel gato infernal que en cualquier momento podía propinarme otra paliza. Al cerrar la puerta, divisé un ligero cierre en sus párpados, deliberado y maquiavélico.

Cerré la puerta con violencia, como un iluso acto de protección para ambos, y porque seguía sintiéndome ofendido.
-¡Tus brazos, estás sangrando! –se exaltó Emma, apenas consciente de lo que ocurría. En efecto, ya tenía líneas carmesí dibujadas por los antebrazos, y las primeras gotas se desprendieron hacia el suelo.
-¡Eso ya no importa, ¿Qué pasa con ese gato, porqué me atacó así?, me debes una explicación, o una justificación, si no la hay! –dije; la chica agachó la cabeza y se la sujetó con ambas manos. Después de un suspiro entrecortado, se humedeció los labios con la lengua y comenzó a contarme.
“Hace dos años yo tenía un gato blanco. Parecía una pequeña nube con ese pelaje ligero pero denso. Sus ojos eran verdes, me hechizaban el corazón. Era muy dócil, nunca salía de la casa para cazar criaturas durante la noche; comía lo que le dábamos, y con eso le bastaba. Cuando me quedaba hasta tarde estudiando, se recostaba en mi cama, a la altura de mis piernas, sin estorbarme. Su compañía me había reconfortado tantas veces. Y llegó el momento en que me gustó un chico. Su personalidad era tan especial que temblaba hasta cuando pensaba en él. Me miraba de una manera muy profunda, como escudriñándome completa, y yo lo sentía dentro de mí, hasta en mis pensamientos más vergonzosos. Me volvió loca, hasta quitarme el sueño y la concentración”.

-Aguarda, no me estás explicando nada. El gato blanco y tu ridículo galán me distraen de la fiera que tienes dentro de la casa –Sugerí, presionando con las servilletas mis heridas.
“Para allá voy: Él me visitó una tarde, cuando mis fantasías eran más intensas e invasivas. Me dijo algo que nunca pude haber esperado. Me sugirió que fuera su novia. Imagíname en ese momento, yo estaba enloquecida por decir que sí y ser suya de una vez por todas. Ya de por sí poseía cada acceso de frenesí que anegaba mi entrepierna. Recuerdo estar mordiéndome los labios por las poderosas ansias de besarlo por primera vez. Estaba muy emocionada. Pero también dijo algo que me pareció extraño, pero también una auténtica prueba de amor. Me propuso que le entregara mi gato blanco. No entendía porqué me lo pedía, y me di cuenta de lo incapaz que me sentía. Necesitaba a mi gatito blanco, mi fiel acompañante, y leal guerrero que compartía mis desvelos. Pero me sentí débil en ese momento. Necesitaba sentirme amada por ese chico; sabía que me sentiría eternamente pobre y famélica sin su persona inundando mis vacíos. Me sentí débil. Así que decidí entregar a mi gatito blanco. Él lo tomó en brazos, lo sentó en una jardinera, y el animal se quedó quieto, esperando. Él me tomó por la cintura, apartó el fleco de mi cara y me besó como recompensa. Fue un beso lento, con exquisita parsimonia. Las deliciosas texturas de nuestros labios se mezclaron. Mis ansias terribles desaparecieron y exhalé mis amarguras. Y días después, de que mis pesares habían estado en la periferia, él me visitó de nuevo y me obsequió un gato negro. El que acaba de atacarte. Me pidió que lo cuidara y lo quisiera tanto como a él. Pregunté por el blanco, pero quedó en un silencio tan amargo que me hizo suponer lo peor. No creí que lo hubiera entregado a un albergue, o lo haya llevado con otra familia, o que se lo haya quedado él. Sé que mi gatito blanco terminó muerto. Pero nunca supe cómo. Ahora me siento culpable. Pero al acariciar al gato negro, encuentro paz… una paz algo siniestra, pero sigue siendo paz”.

-¿Y sigues frecuentando a ese chico? –levanté las servilletas, para notar que mis ardientes heridas habían comenzado a secar y sanar.
-Dejó de hablarme. Desapareció y ya no he sabido de él. –Y trémulas lágrimas escaparon de sus ojos. Sus labios se sacudían. Las pestañas se le unieron con esa humedad. Se enjugó los ojos con el dorso de una mano.
-Carajo, primero te quedas sin gato blanco, luego sin novio y después yo requiero puntadas, sin deberla ni temerla –me quejé a pesar de su creciente sollozo.
Y escuchamos un sonido peculiar en el exterior, un maullido furibundo y alterado. Se escuchaba como si nos llamara a nosotros, no como la interacción de un par de felinos. Ella me tomó de la mano y nos dirigimos a un terreno abandonado e infestado por hierba espinosa. De ahí provenía.
Logré ver un estado diferente en los ojos de Emma. Deduje que tal vez así sonaba el maullar del gato blanco. Me jalaba cada vez con más fuerza a aquel destino. Su respiración se agitó, y la supuse capaz de herirse las manos con la peligrosa vegetación para buscar a su anterior mascota. Eso me decían sus pupilas dilatadas, “¡sí, puede estar aquí!”.
Sin embargo, al acercarse ella a los ásperos contornos del terreno, emergió la criatura. Increíble en su andar y con abominable carácter, el gato blanco se presentó ante nosotros. Caminaba erguido, sus orejas eran puntiagudas y alargadas como cuernos. El pelaje era tan escaso que se notaban los pliegues rosados de la carne, y logramos ver su ceño fruncido en una expresión de extremo rencor. Seguía maullando, avanzando hacia nosotros, y no sé porqué me molestaría en temer a un gato, pero sentí mis entrañas vibrar de recelo. Ya no se trataba del animal doméstico, sino de una bestia emergida de un sitio profundo y devastado, de donde provienen los más horrendos estremecimientos, conocidos apenas por los humanos.

“¡Ven acá, mi gatito lindo, mi esferita de algodón!” dijo Emma, que se arrodilló a mitad de la calle con los brazos abiertos, para recibirlo, pero la tomé por el brazo y me la llevé a la fuerza a la puerta de su casa.
-¡Ya no es tu gato, compréndelo, si no nos apresuramos nos matará! –encontré mi desesperación en el hechizo que ella sufría. Como pude, hice que entráramos a la casa a salvo, cerrando la puerta a regañadientes. Emma entró a las habitaciones en busca del gato negro. Tuve la maquiavélica idea de ofrecerlo como carnada al de afuera, pero percibimos un silencio sobrecogedor. No se escuchaba que hubiera algo afuera, sólo la calle solitaria.

Lo que perturbó la quietud fueron los pies de Emma, que corrió hacia mí desde el pasillo, histérica, y me llevó a la habitación donde su hermana hacía sus deberes minutos antes. Al entrar vimos piernas agitarse debajo de las sábanas, como si estuvieran asfixiando a la hermana. La retiramos y presenciamos lo que parecía un ataque epiléptico, pero éste cesó rápido. El cuerpo de la hermana estaba tendido sin hacer nada. Sus ojos estaban en blanco. Emma y yo nos miramos con pavor al conocer el significado de esa manifestación. Ambos sabíamos que el gato negro no estaba ya en la casa, ni el gato blanco esperándonos en la puerta. Con los muslos rígidos, la chica de la cama se incorporó, y sus ojos volvieron a su lugar, con pupila afilada. Comenzó en ella una risa ronca, casi masculina; su nariz se arrugaba, y los dientes que mostraba eran puntiagudos todos.
-Emma, tu debilidad te ha condenado. Parece que descubrí la identidad del joven que te gustaba. Que el destino te ampare.






Por: Vic C. Frías








domingo, 11 de septiembre de 2016

Terminal



TERMINAL

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El féretro, cubierto por coronas de flores, me llena de incertidumbre. Ahí dentro yace el cuerpo con el que compartí la cama tantas noches de mi vida. No puedo creerlo en el presente. A través del cristal, luce demacrado, rígido, pálido, severo. La esencia de mi esposa, que le confería el atributo de la belleza, ya no está dentro. Suspiro convencido y aterrado por algo: aquella esencia lleva fuera más de lo que este cuerpo en la muerte orgánica. Mucho más. Lo descubrí durante sus días de agonía.

No se trató de una enfermedad que fuera diagnosticada tras una serie de estudios. Bastó con una primera impresión. Ocurrió hace meses la casualidad de que en una reunión familiar conocimos a un joven con vocación de sacerdote, que cursaba estudios posteriores en Demonología. “Tu esposa no está bien. Debo verlos a ti y a ella una tarde. Concédanme una cita” me dijo el muchacho mientras cenábamos. Logré ver en los ojos de mi esposa un matiz irreal, maligno, dirigido a él. Noté una dilatación inusual en sus pupilas.

En la primera cita, la sonrisa de mi esposa al presentarse ante él lucía tan fingida y obligada, como si en cualquier momento fuera a estallar en un ataque de cólera. La sugerencia del joven, para comenzar, fue colocarla en una silla frente a un crucifijo colgado en la pared. Observé la secuencia que tuvo que seguir el aspirante a demonólogo para iniciar el ritual. Me porté atento y cooperativo, a pesar de que no comprendía la necesidad de casi desnudarla y amarrarle los antebrazos a los descansabrazos de la silla.

El sacerdote se presentó y tras un par de estrofas recitadas, rápida pero claramente, surgió el cambio. La irreconocible faceta que se escondía en el rostro angelical de mi esposa se hizo presente. Sus facciones se agrietaron, su piel lucía pétrea y desgastada. En los ojos ardía un poderoso odio de raíces ancestrales. Los gritos de ella eran como si hubiera un grupo de seres usando sus cuerdas vocales a su antojo, articulando maldiciones en una lengua primitiva.

El sacerdote me informó que se trataba de una intimidante posesión, y que era necesario proceder con una especie de tratamiento, análoga a una quimioterapia. No fui capaz de preguntarle si tendríamos éxito en solucionarla, porque así teníamos acceso a la posibilidad de que las cosas fueran mal. El primer día el proceso duró dos horas, y en los posteriores se iba reduciendo. Yo seguía sin saber qué sucedía y porqué.

Al terminar las sesiones, me ponía a platicar con ella, para distraerla de cualquier memoria dolorosa que pudiera gestarse en su vida. Revivimos los votos de nuestra boda, la luna de miel, los viajes, los amigos; busqué en ella las sonrisas recurrentes.

Debo admitir que aprendí demasiadas cosas de ella en ese tiempo… demasiadas. Sabía secretos que cualquiera temería explorar. Me expuso sus ambiciones, sus sueños, sus vulnerabilidades… y también los míos. La evolución de esa relación fue desmesurada… y a la vez enfermiza. Fueron varios meses oscuros, en que cada vez se notaba menos la figura de mi esposa en ese cuerpo.

Llegó el día final. Por supuesto, yo no sabía que así sería. Pero ocurrió lo más terrible. Al finalizar la sesión de exorcismo, el sacerdote se despidió con un apretón de manos particularmente débil, que me comunicó en su silencio lo evidente: “Hemos perdido”, pero su arrogante y entrecortada voz me dijo: “Nos vemos mañana para la siguiente sesión”.

Conversaba con quien fuera mi esposa hasta no sé qué día; no lograba yo escaparme de los temas tan sombríos que abordábamos. El cuerpo se movía como un títere, entre la gravedad y una fuerza fantasmal fluctuante. Ya tenía una expresión ausente, como la de un enfermo terminal. Y entre frases, uno de los ojos se hundió hacia el cráneo. Quedó la cuenca limpia, oscura, y se notaba el interior. Empezó a escapar de ese hueco el hedor de la descomposición. Quedé impactado al saber que ese cuerpo llevaba tiempo sin funcionar.

Y los vi. Ese par de pequeños ojos asomándose por el agujero; escuché una risa espeluznante que me heló las terminaciones nerviosas, y me quitó las últimas esperanzas. Ese eco reverberaba en el interior del cráneo.

Por eso este proceso funerario me llena de incertidumbre. Estoy repleto de dudas respecto a la mujer con la que me casé. No sé cuándo comenzó su mal, si acaso me lo ocultó. O si todo mi matrimonio he estado conviviendo con el mismo demonio, y nunca conocí a mi esposa.
  






Por: Vic C. Frías
















domingo, 4 de septiembre de 2016

Astro de carne y hueso



ASTRO DE CARNE Y HUESO


Fuiste como un episodio demencial,
del que desperté ofuscado y falto de identidad.
Hace largo tiempo que la soledad
no toca a mi puerta siendo Bienvenida.

Aunque dejaré de engañarme.
Soledades ha habido muchas en esta vida,
pero sólo he estado harto de la que sentía
en ese mundo nuestro.

Ignoré esa soledad benévola que me esperó
con paciencia hasta que me percaté de las heridas.
Callo con ella y me reconforta. Es una brisa
de racionalidad purificadora en que despiertan
mis voces profundas.

Me libera de rechazos porque no suplico nada
a la existencia. Soy uno entero con ella.
Y seremos una armoniosa trinidad con la agonía,
como fases de un astro de carne y hueso,
sin periodicidad predecible.



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Por: Vic C. Frías