sábado, 16 de septiembre de 2017

Las otras identidades de Timothy


LAS OTRAS IDENTIDADES DE TIMOTHY

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Habían ocurrido cuatro inquietantes episodios antes de que Timothy olvidara por completo su nombre, y quién era. El pequeño niño de cabellos oscuros y rizados, a sus escasos seis años de vida, había sorprendido esas repetidas veces a sus padres, hablando en idiomas extranjeros y dando referencias de familiares que nunca había tenido.

Una ocasión se levantó temprano para “uniformarse e ir al trabajo”. Al no encontrar la ropa que buscaba, se miraba constantemente la muñeca que le indicaría una hora invisible, y comenzó a arrojar todo alrededor, desesperado. El sonoro desorden del clóset despertó al padre, que fue condescendiente con él, pensando que estaba sufriendo unos minutos de sonambulismo, y lo devolvió a la cama. Mientras se recostaba, el niño tenía una mueca chueca, de dolor, y tenía una mano contra el pecho.

Cada episodio siguiente llegó a ser más aterrador que el anterior. En el siguiente, por suerte, el idioma extranjero era el inglés, y era comprensible para los progenitores. El niño llegó, con la respiración agitada, al borde de la cama de ellos, pidiéndoles angustiado que “lo ayudaran a salir de ahí, que su nieta lo empujó por accidente, estaba muy oscuro y el agua subía”. Aunque ellos quisieron tranquilizarlo sujetándolo por los brazos y gritándole, de pronto puso los ojos en blanco, e hizo ademanes de estar ahogándose, hasta que después de tantos intentos de los padres por despertarlo, quedó con el cuerpo rígido, y un instante después, despertó como si nada.

El tercer evento ocurrió también en la medianoche, cuando una serie de gritos agudos inundaron el cuarto del niño. Eran tan viscerales y desgarradores que la sangre disparaba su ritmo al escucharlos. Sus parientes llegaron asustados, con un bate de baseball en mano, a encender la luz, y lo encontraron adentro del closet, abrazándose las piernas, con una mirada amedrentada. Les pedía, con un gesto muy femenino y trémulo, que guardaran silencio: “Está en la casa, viene por mí”, dijo, y se cubrió la boca, sollozando. Los padres detectaron ese momento cumbre, en que al niño se le notó la expresión de pánico absoluto, y cerró los ojos como al estar ante la misma muerte. Una fuerza invisible y súbita lo extrajo del clóset, embistiendo a los padres en el camino, dejándolo boca arriba y agitando las manos en el aire, hasta que sólo se le oyó gritar “¡Ay!, ¡Ah!, ¡Aah!”, convulso como si recibiera impactos en el cuerpo. Quedó tendido, y manchas rojas finas y alargadas empezaron a aparecer en su pijama. Su sangre se derramaba. Los padres, alarmados, se arrodillaron para descubrirle el cuerpo en busca de las heridas, y se dieron cuenta de que estaba intacto. Al incorporar de nuevo las prendas del niño, éstas estaban limpias. Ahí despertó de nuevo.

Sólo en ese momento empezaron a tener la inquietud suficiente para llevarlo con el médico, en busca de una solución, aunque era una decisión convencional; para ellos ya era demasiado evidente que se trataba de algo diferente, pero tenían miedo de recurrir a lo oculto y estropear las cosas.

Después del chequeo general de rutina de Timothy, mientras el médico redactaba una receta, citando referencias de profesionales de la Psiquiatría, el niño tuvo el cuarto episodio. Se puso el gorrito de la chaqueta, e hizo el gesto de extraer algo de un bolsillo interno. Puso una expresión que le arrugó sobremanera los rasgos. Volteaba a ambos lados, paranoico. Deslizó la mano sobre el escritorio del médico, como entregando un objeto plano. Los tres adultos estaban atónitos. El niño empezó a decir algo en un idioma de palabras arrastradas, que más tarde se descifraría como “Mi hermano es el más peligroso y lo van a ejecutar esta tarde. Ten, te doy cien mil para que lo saques y lo exilies. Estos son sus documentos nuevos” y Timothy se levantó, decidido, aún sujetándose el gorrito para esconderse la cara. Y en cuanto iba a abrir la puerta, hizo un gesto de dolor repentino, que se repitió en tres ocasiones más, cayendo arrodillado, para decir “Ya esperaba tu traición, malnacido. Te las verás conmigo en el infierno”, y desplomándose finalmente, con la cara contra el piso.





-Como no soy escéptico, les haré una segunda recomendación. La mujer cuyo nombre estoy escribiendo, sabrá de qué se trata. No les cobraré la consulta. Me han permitido ver algo que he perseguido por mucho tiempo. Pero mi sugerencia es que vayan a verla ahora. Es probable que el niño no despierte tan pronto, y puede ser peligroso –el médico les entregó una nota adhesiva con un nombre y un número telefónico, y sonrió, con la mirada dilatada de la impresión.

Y efectivamente, fueron de inmediato, con el niño en brazos, a una de las colonias más retiradas de la ciudad, a una casa separada de la vista de la gente por una gran barda blanca de block, alterada por colorido arte urbano. “Timothy no despierta, cariño. Ya me estoy preocupando” dijo la madre del niño.

Habiendo sido recibidos por una chica menuda, morena y con perforaciones en varias partes del cuerpo, fueron dirigidos al cuarto más recóndito de la casa, donde, sentada ante una mesa cuadrada, una mujer con aspecto de centenaria, pero que expresaba una lucidez juvenil, encendía una varita de incienso, y apagaba el fósforo paseándoselo por la lengua.

En cuanto cruzaron el umbral, la anciana dio instrucciones de inmediato: “Pueden dejar a la criatura durmiendo en otro cuarto. Sólo ustedes dos entren”.

Estrechó las manos de ambos como saludo, con una deliberación de dos segundos, como leyéndolos fugazmente mediante la palma de la mano. Suspiró finalmente, para abstraerse en un block de notas amarillo, sin dejar que la pareja leyera lo que escribiría.

Después de un silencio prolongado, en que observaban la combustión de la varita de incienso, y una serie de repisas donde había aglomeraciones de cristales, amuletos y líquidos varios en botellas ámbar, la anciana arrancó la hoja, para doblarla tres veces y la entregó a las manos de la madre de Timothy.

“Lo primero que van a hacer al llegar a casa es reunir las fotografías que tengan del niño. Después, estoy segura de que leerán la nota. Es imprescindible que sea en ese orden. Si leen la nota primero, las consecuencias serán fatales para ustedes” repuso la anfitriona, para estrecharles la mano de nuevo en gesto de despedida.

Al llegar a casa, dejaron a Timothy descansando sobre un sofá en la sala, y ahí mismo, sobre una mesa de centro, empezaron a abrir todo álbum para reunir las fotografías. Pasada media hora, seguían sin tener una sola fotografía apartada. Timothy ni siquiera se movía, absorbido por un sueño abismal.

Una hora después, el padre dijo las primeras palabras.

-¿Ya encontraste algo, cariño?

-¿De qué? –respondió la mujer, hojeando el álbum sin realmente verlo

-¿… no sé. Buscabas algo?

-Que yo sepa no. ¿Y tú, se te había perdido algo, una nota del mercado, un papel?

Y tras escuchar eso, el padre se examinó los bolsillos para encontrar una nota amarilla, doblada tres veces. Se sentó junto a ella, donde ya no había ningún niño dormido. Decía:

“Para cuando lean esto, ya habrán olvidado a Timothy. Les pedí que buscaran sus fotografías por dos razones: porque necesitaba que se distrajeran en lo que el proceso terminaba, y porque sé que no las hay.

Lamento decirles que ustedes no tuvieron un hijo. Se trata de una criatura interdimensional de esencia neutra, que por haber sido invocada con artes malignas, ha tenido la tendencia a adoptar como propia la identidad de personas que están viviendo las muertes más horribles del momento.

Sólo me queda advertirles que deben conservar esta nota a toda costa, porque les dará una referencia para cuando vuelvan a tener compañía en casa. Alguien con pésimas intenciones les ha estado jugando una broma. 

El caso de Timothy no fue tan especial; sus identidades han tenido el atributo de víctimas. Al contrario de otros casos de los que me he enterado, ustedes han vivido para contarlo”.


Y ambos se miraron, sin verdaderamente encontrarle un significado.







Por: Vic C. Frias




¡Muchas Gracias por tu Visita!












domingo, 27 de agosto de 2017

La Maestra Leonor



La Maestra Leonor



La fotografía nos mostraba a mí, de siete años, y a la maestra Leonor. Ella me sujetaba por un hombro, y tenía una sonrisa de plantilla, de las que todos nos ponemos en la cara sólo para darnos presencia ante la cámara.

Yo sostenía en mis manos los reconocimientos que había recibido por aprovechamiento académico y por destacar en el aprendizaje de la lengua extranjera. Había sido un buen alumno en mi segundo año de primaria. El día en que fue tomada la fotografía fue el evento de fin de clases, en que los padres estuvieron presentes.

En la actualidad, a casi veinte años de aquel día, contemplando la imagen con la madurez de mi perspectiva adulta, me percaté de un recuerdo oculto, muy curioso, relacionado con la maestra, que empezó a incomodarme tanto hasta el punto de perturbarme.

Recordé a detalle un evento en particular. En un día de clases de aquel mismo ciclo escolar, estábamos todos los alumnos resolviendo ejercicios matemáticos, y la maestra Leonor me llamó a su escritorio.

Y ahí estuve, de pie ante ella, cargando mis inseguridades acentuadas por mi poca capacidad de adaptación social. Mi primera impresión fue que me iba a juzgar por no esforzarme en hacer amigos. “Piedad, por favor. No voy preparado para nada de eso” supuse haber pensado.

Se mantuvo en silencio, terminando de revisar la libreta de un compañero. Y cuando tuve su atención, peor aún que lo que esperaba, recibí de su parte una afirmación que me hizo hervir el rostro de vergüenza.

“Un pajarito me dijo que sigues yéndote a la cama de tus padres por las noches” ella de pronto agachaba la mirada, como para simular que manteníamos la discreción en la conversación.

Esa verdad me dejó vulnerado y frustrado. Recuerdo haberme preocupado por la confidencialidad de esa información. Era obvio que no quería que mis compañeros lo supieran. A esa edad yo estaba viviendo terrores que me quitaban el sueño aún con la luz encendida, y ellos sólo daban señal de que gozaban de lapsos de sueño inalterables en plena oscuridad. Aquella situación me hizo sentir demasiado seguro de que a ninguno de ellos le ocurría un problema como el mío.

Asentí con mi dignidad inerme. “Así es… sigo recurriendo a la cama de mis padres” respondí entre dientes.  ¿Por qué me tuvo que decir eso aquella mujer?, ¿Por qué no tuvo sus reservas y me llevó, sencillamente, al departamento de psicología?, ¡hablar de mis problemas no estaba en sus competencias!

Lo primero que deduje en mi niñez, mientras me miraba los zapatos para reunir suficiente valor para enfrentar sus acusaciones, fue que mis padres le habrían pedido que hablara conmigo al respecto.

A pesar de que me había cohibido y traía en las entrañas un vértigo desmoralizador, ella continuó atosigándome con una nueva verdad, que me heló la sangre, pues era una verdad íntima, que sólo yo sabía que padecía.

“También sé que te quedas en el umbral de tu cuarto, y tardas varios minutos en decidirte si ir con tus padres o no: ‘¿Voy o no voy?’… lo piensas demasiado”, comentó, y rió con una sutileza arrogante, que me indignó, pero en el momento sólo supe esforzarme en contener el coraje.

No supe qué decir para contradecirla. Eran verdades que le dolían a cualquier niño, pero ni modo… había que asumirlas. “¡Vieja maldita, qué le importa!” llegué a pensar.

Sólo tuve un intenso deseo de evadir el asunto, pero su mirada paralizante y mi respeto natural por la gente adulta me atraparon.

Me dieron unas ganas espantosas de llorar en ese estado de profunda humillación. “¿Voy o no voy?, ¿Voy o no voy?” la escena se repitió en mi cabeza innumerables veces, tan ridículamente idéntica a lo que vivía cada noche, burlándose de mí, tanto como la maestra; porque así sentí el momento, como una burla, más que como una asesoría.

Sí, todas las noches era el mismo episodio. “¿Voy o no voy?, ¿Voy o no voy?” pensaba angustiado, en el marco de la puerta, indeterminado, mirando alrededor mío, tronándome los dedos de las manos, encorvándome de pavor ante las presencias invisibles que se desplazaban como un enjambre maligno por las paredes de mi cuarto. 

No me atrevía a volver a la cama. Ni siquiera con las luces encendidas; las entidades estaban en todas partes, tenían forma en mi mente, y eran tan consistentes que hasta saltaba de un lado a otro para evitar su embestida. Donde hubiera un resquicio oscuro, ahí estaban al acecho, para tomarme en un viaje sin retorno al inframundo. Había centenares de miradas en cada recoveco, debajo de la cama, detrás del librero, entre las puertas del closet. Sentía las risas de los demonios en cada objeto presente. Percibía sus alientos agitados, consumiendo el aire que yo respiraría. Todo alrededor estaba siempre a punto de moverse por un latente fenómeno Poltergeist.

Cuando ya no podía más, y mi corazón ya estaba cansado de latir a una velocidad bestial, avanzaba por el pasillo. Iba a tientas, y a veces incluso gateando, hasta llegar a la habitación de mis padres. Con la maniobra más silenciosa que podía lograr, abría la puerta, y corría para introducirme entre ellos finalmente, y dormir las tres o cuatro horas que me quedaban. Cuando ya me daba vergüenza seguir haciéndolo, llegaba a meterme al baño junto a su cuarto; me llevaba mi almohada y me arrinconaba enloquecido junto al inodoro para intentar dormir.  







En aquel tiempo, en que no tenía siquiera la década de vida cumplida, no había tenido yo la lucidez para percatarme de lo que estaba mal en la maestra Leonor y en sus declaraciones. Se trataba de una auténtica invasión a mis conflictos internos. “Un pajarito me dijo…” maldición, ¿de quién se había tratado, que le expuso mi penosa privacidad?

A mis veintiséis años, mientras sostengo ante mis ojos la fotografía, me encuentro a mí mismo escudriñando uno de los más tenebrosos y aberrantes factores de mi pasado. Es evidente el absurdo de aquella memoria, y la amargura que depositó en mi juventud. Es inevitable estremecerme ante ese malestar.

Y como una protección psicológica, llegaron los eufóricos momentos de la preparatoria. Me dejé llevar por un instante para no lidiar con el tormento irresoluto de los años tempranos, y de pronto me detuve en un suceso misterioso, colocado en un punto intermedio de la línea temporal de mi vida.

Diez o doce años después de segundo de primaria, a finales de la etapa de bachiller, tuve un encuentro casual con la maestra Leonor. Coincidimos en estar haciendo unas compras en una tienda departamental, y me acerqué.

Al notarme en la proximidad, ella miró ansiosa alrededor, sin decidirse a dónde caminar. Se vio graciosa pivotando en busca de una dirección para ocultarse. Si, ocultarse. Esa intención era la única evidente. Sin más opción, me recibió un saludo, y por más que le pregunté sobre su vida, no respondió más que con monosílabos. “Bien”, “Si”, “No”.

La miré de frente y a los ojos, pero parecía ausente, como si sus pupilas tuvieran dirección hacia mí pero sentido opuesto, evasivo. Su postura era rígida y defensiva. Como llevaba prisa, me despedí con calidez, pero ella no respondió igual. Se quedó inmóvil cuando me acerqué a besarla en la mejilla. Cuando me retiré, me percaté de que seguía ahí, parada en medio del piso marmóreo, cerca de una vitrina con perfumes para dama. 

Como su actitud me pareció más antinatural que descortés, y por un fugaz razonamiento que hice en ese momento, llamé de inmediato a mis padres para aclarar, de una vez por todas, la duda que había tenido por toda la infancia. Nuestra conversación fue la siguiente:

-¿Recuerdan a la Maestra Leonor, de segundo de primaria? –pregunté en primera instancia

-Claro, muy buena persona, te tenía mucho cariño

-Me la acabo de encontrar ahora, les envía saludos –lo de los saludos era falso, pero ayudaba para no distraernos de lo principal

-Gracias, seguro le dio gusto verte

-Por favor aclárenme algo. Es un asunto que ya no importa en estos días, pero me interesa para responder a unas preguntas… ¿Qué le platicaron a la maestra Leonor acerca de mis terrores nocturnos y de que me iba a dormir a la cama de ustedes cuando tenía siete años?

-Nada, hijo. De hecho, nos bastaba con escucharla hablar maravillas de tu esfuerzo en la escuela. Además, no era asunto suyo. La primera solución siempre han sido los psicólogos.

-Perfecto. Con eso me basta. Gracias por el dato –y dicho esto nos despedimos.

Dado que no hubo nadie más que pudiera enterarse de mis experiencias nocturnas cuando niño, llegué a la conclusión de que la información que la maestra tenía de mí podía atribuirse a una inquietante y malintencionada clarividencia. Ese “Un pajarito me dijo…” siempre había tenido una connotación sobrenatural; afortunadamente lo estoy sospechando a veinte años de distancia.

Dando por hecho que ella ejercía esa ominosa práctica, muchas suposiciones emergieron. Tal vez ella estaba en contacto con una o varias entidades que le entregaron esa porción de mi privacidad. Pero ¿con qué propósito?

Y si ha sido así, acabo de descubrir que mientras conversaba con ella en la tienda departamental, ese “pajarito” fantasmal le estaba diciendo algo sobre mí. Es muy probable que me quede sin saberlo.

Pensándolo con frialdad, ha de haberse tratado de una entidad lo suficientemente poderosa para leer mis debilidades pueriles y darles un crecimiento exponencial. Pero ya no importa. Hace tantos años que ya tengo el dominio completo de mis noches y nada se atreve siquiera a molestarme.

Ya atardece y la nostalgia se ha acabado. No sé qué haya pasado con la maestra Leonor, o con sus objetivos siguientes, si acaso los tuvo; no soy tan especial para considerarme el único.

Cuando guardo el álbum fotográfico en el rincón más recóndito del clóset, doy media vuelta para sentir una brisa que arrastra una enorme pluma negra hacia mis pies. “¿Qué le dirás esta vez a la maestra, entrometido?” pregunté a la presencia invisible que se ceñía frente a mí.







Por: Vic C. Frias








martes, 22 de agosto de 2017

MicroRelato - La Primera Vejez



La Primera Vejez


Una mañana, a mis veintiséis años, me miré al espejo, y sentí que se agolparon las preguntas que, cuando niño, tenía planeadas para mi quinta o sexta década de vida.

Me era imposible aceptar esa nostalgia y esa tribulación de mi semblante en la aún viva juventud de mi cuerpo.

Me pregunté porqué había perdido la pasión tan rápido, y porqué no me preocupaba sentirme arrepentido de lo que no había hecho.

Me indignó la incongruencia involuntaria en que se había sumido mi percepción de la vida, porque allá afuera todo tenía una divina cinética. Y había aquí dentro unas indescifrables ruinas, humeantes y grisáceas.

Quizá estaba empezando a dejar de llevarme bien conmigo mismo. Porque un espantoso letargo comenzó a dividir mis fuerzas, hasta dejarlas por completo en desacuerdo. 










Por: Vic C. Frias



miércoles, 9 de agosto de 2017

MicroRelato - Mi Sepultura



Mi Sepultura



Así es como luciría si hoy fuera sepultado:
Con las pupilas ensanchadas que ya no han sido deslumbradas por la vida. 
Un semblante inexistente, níveo y tenso, sólo con una pusilánime aceptación. 
Con las manos distantes, sin entrelazarse porque darían un sentido de reconciliación. 
El reproche eternamente silenciado, detrás de mis dientes. 
Quizá alguna frase de amor en la garganta, ahogada en el porvenir hasta pudrirse. 
Un miocardio que no sentiría la novedad del reposo, por dedicarse a latir sólo por resiliencia.







Por: Vic C. Frías




La Decena Imposible VIII


LA DECENA IMPOSIBLE VIII



VIII.I

Me he preguntado qué sentirías si conquistara los secretos somatizados de tus deseos; qué pasaría con la interacción acertada… Sería todo tuyo el mérito de invocar la elocuencia de los conflictos míos que te han querido siempre y sin mayor gloria que la de permitirme seguir viviendo para ti, admirando el enigma que comprenderías en el sonrojo inevitable de mi anhelo esquivo, idéntico al tuyo.




VIII. II

Cuando uno escribe inspiraciones efímeras con una frecuencia excepcional, surge la indignación por pensar que el día en que muera se llevará consigo tantas ensoñaciones que no pesarán lo suficiente para aferrarse a la tierra con un recuerdo vívido; con algo de nostalgia verdadera.




VIII. III

Sigo anonadado por la ironía de que, para presumirnos felices, buscamos los sentimientos que nos provoquen los mayores pesares; los que nos estorban para conservar la sobriedad y el buen juicio. Ah, esa alegría malograda que se acaba en un suspiro y retiene el diafragma hasta que el espasmo de la verdad lo ajusta para la siguiente jugada. El día que las ruinas sean tan evidentes en nuestra forma de querer, lo haríamos porque sí; más por la costumbre de quebrarnos por dentro que por unos ánimos racionales y renovados.




VIII. IV

Los párpados ensombrecidos se debían a una vigilia absurda, por haber estado lidiando con un aleteo en el estómago, un estremecimiento tan arbitrario que se parecía demasiado a la agonía, sin tomar en cuenta el rictus ufano de quien no sabe a lo que se enfrenta.




VIII.V

Musa, háblale al rescoldo patético de mi juventud, y dile que no se ha perdido de nada… que aún hay esperanza, que el tiempo no existe y que su crepitar taciturno sólo es un pretexto para medir la premura de la muerte.








VIII.VI

Musa, puedes asumir que me has conocido por completo. Escuchas el silencio de mi trastorno; atestiguas el berrinche desquiciado de mis delirios laxos, que esta noche han querido crear versos para ti, pero no han sido capaces de alguna forma, color o textura. Puedes quedarte, si quieres. Pero, ¿qué seré yo para ti, sino un hombre que te quiere tanto pero no sabe cómo?




VIII.VII

Mujer: Te honraré con la inercia de mi alma exánime, entregando mi murmullo decadente al petricor que buscará tu suspiro. Sabrás del agónico numen que persiste a pesar de todo, y al que sigo encomendando la dulce y cóncava curva de tus labios, la que siempre deseé por causa mía, e inquebrantable.




VIII.VIII

Él se percató de que repudiaba tanto al amor por ser tan inconveniente. Se hacía sentir con miedo, predispuesto, y con una evidencia que exponía la torpeza que nunca había tenido.
Por eso siempre se acercaba a Ella con una moderación instigada por el orgullo, y le entregaba el pergamino con versos en caligrafía firme; daba meda vuelta y se retiraba. Así habría de reverenciarla sin vergüenzas que la distrajeran para estropearlo todo.




VIII. IX

Te invoca mi soledad fulminada; te disfruto en tu fugacidad dilatada, resplandeciente y lúcida brevedad. Tornas mi boca en la grata extensión de tu hermosura, y la disuelves en tus humores; un embeleso errático adorna la negrura hasta que he desaparecido contigo amarrada al inconsciente.




VIII.X


Musa, persiste el desvelo sonriente, asombrado por el alcance de mis fantasías, por lo tangible de tus contornos en el destello del relámpago. He aquí mi episodio solitario, asido a tus partículas de ausencia, para preservar la identidad de las penas que te han definido.






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Por: Vic C. Frías








jueves, 3 de agosto de 2017

MicroRelato - El Encuentro Inverso




El Encuentro Inverso


En el recinto que recibía los rayos escasos de plata lunar, Él y Ella, desprovistos de la ropa y de una razón para catalizar una excitación sin rumbo, decidieron conversar.

Era mejor; no habría pudores que pudieran mermar la franqueza. En el principio habían dicho que hablarían, y terminado en el atajo superficial del verso trillado que no decía nada de ambos.

Ya era hora de hablar de verdad. Lo primero fue preguntarse sus nombres, y reír inevitablemente por haber empezado al revés, con la piel descubierta y un par de copas encima.

Sintieron la importancia del momento, gozando una lucidez codiciada por ambos, desconocida en el pasado. Quizá sería el único instante en toda la vida.

Se preguntaron qué esperaban de la noche en el discurso previo, cuando estaban sobrios y vestidos. Y se alegraron de no haberlo sabido; de haber complementado el molde social que a todo mundo era útil, con la aspiración de ser especial para alguien.


Eran el tipo de hombre y mujer a quienes disgustaba cuestionar la llegada de alguien a la vida. Porque la coincidencia es la magia que fabrica los vínculos más interesantes, con la capacidad de llevarlos a la cama, a la más improbable pero prodigiosa experiencia.











Por: Vic C. Frías





La Decena Imposible VII



LA DECENA IMPOSIBLE VII



VII.I

Musa, aquella noche ascendiste al Olimpo y usurpaste el arco de Eros.
Visitaste mi melancolía y agotaste las flechas de la aljaba,
disparándome el hechizo al pecho sin deliberación,
y matándome sin haber sabido que yo siempre había guardado
mi apego para el momento oportuno y sin la necesidad
de una saeta hiriente que me engañara.




VII.II

Las marcas de tus uñas van prendidas al estoicismo de mis penas;
te haces amiga de ellas y no dejas de arrojarme tu caricia glacial,
tu cariño de inframundo; tendido en un fondo innombrable,
siento el arco de tu pie, encima, disfrutando el preámbulo
de tu voluntad asesina, de la que mi corazón está
irremediablemente expectante.




VII.III

Eres una aflicción subrepticia, latente, hecha de misterioso encanto,
y yo no lo descubro; te alimento en las fallas de mi cordura,
y me sonríes, y me siento digno y completo.
Me niego a censurar las ansias de mi alma en esta niebla
dubitativa. Deseo aunque sea el ínfimo delirio en que beses mi mejilla,
y me arrebates la vida para llevártela contigo.




VII.IV

Inspiración es encontrar la disciplina en la demencia,
devorar fantasías y seguir famélico, llorando en el umbral
de lo verdadero por no querer regresar.
Ahí es donde ella vive, para reiterarme que nunca es suficiente.




VII.V

Musa, nunca me preguntes cómo lucen los sentimientos
que forjan tus versos. Si mi corazón no puede mirarse al espejo
es porque la carne tiene pavor de mostrarle
su frustración insomne y doliente.







VII.VI

Musa: ¿Porqué no te has ido?, ve a dormir, que me inquietas.
Te escribo cada noche para conciliar el sueño,
y si sigues postrada ahí, se me irá la vida en ello…
De acuerdo, sorpréndeme con un arrullo convincente,
y nos veremos luego en tu paraíso onírico.




VII.VII

Como autor de fantasías, he improvisado en la dificultad del monólogo,
y hurgado en planicies de grafito y tinta que imploran por el detalle
que ha de consolidar su bosquejo. Crear en la Nada es mi maldición,
el suplicio que exige sin brevedad ni descanso,
y que me ofrece el deleite de sufrir
permitiéndome el estupor de la ensoñación,
ese en que la admiro a Ella, anónima e imposible.




VII.VIII

Te quiero pero no te puedo. Aunque sea tan obstinado.
Me vuelvo insuficiente para la certeza de tu perspectiva.
Qué horrible es sentirse amedrentado por los propios sueños,
y limitarse a contemplar una resultante perfecta,
tan irreal como ajena. Así eres tú, mujer. Una frustración delirante
que me empeño en negar, abrigando tu dogma en mi convulsión cardioide.




VII.IX

Ah, depresión ramera, ¿cómo supiste que estaba de humor
para fornicar contigo?¿Me ha delatado la dopamina incierta
que impediría tus tentaciones? Murmuras tus posibilidades excitantes.
Deseas que quede inmerso en ti, consumiendo las grietas
de mi psique. Y me atrapas en la dulzura transparente
de tu compañía ficticia, maldita; me aniegas en un fascinante olvido,
en que ya no podré jurar que estoy vivo.




VII.X


Musa, ¿cuándo dejarás de esclavizar lo que sucede en mi interior?
Te jactas de que mis letras retribuyen con excesos
tu hermosura imaginaria; ¡ya basta, estoy cansado de tí!,
de que atormentes mis entrañas y me hagas quedar como un idiota,
estoy harto de la impunidad de tu inexistencia,
ya no tolero tu acoso fantasmal, ¡me tienes en la mierda!






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Por: Vic C. Frías